Interestelar

Crítica de Emiliano Fernández - A Sala Llena

Adiós familia, hola eternidad.

Resulta muy divertido apreciar la reacción, tanto del público como de la crítica, frente a una película como Interestelar (Interstellar, 2014), ya que hablamos de una obra que nos obliga a poner de manifiesto nuestras expectativas y tabúes en función de su perfección intrínseca. Si estimamos que la dedicación puede transformarse en una de las mayores virtudes del trabajo cotidiano y que de la humildad casi nunca surge nada particularmente destacable, de seguro nos alegraremos de sobremanera por el grado de excelencia que Christopher Nolan ha desarrollado durante su última década en el mainstream norteamericano. Esta aventura formalmente impecable saca a relucir las ignominias y las potencialidades del ser humano, su idiosincrasia y las relaciones vinculares a las que gusta encadenarse a lo largo de su vida.

La predilección del realizador por lo que podríamos denominar un minimalismo pomposo, cuyo adverso sería su tendencia hacia una limitación autoimpuesta de recursos y el carácter macrocéfalo de cada uno de ellos, parece encaminada a reconciliar un clasicismo ambicioso con los blockbusters a puro corazón de antaño. En esta coyuntura las coordenadas cinéfilas son bastante explícitas porque desde el vamos ocupan gran parte del andamiaje narrativo: el convite se inspira en la dinámica familiar/ existencial de El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011) y los planteos teóricos/ visuales de 2001: Una Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), todo a su vez sazonado con referencias a Solaris (Solyaris, 1972), Los Elegidos de la Gloria (The Right Stuff, 1983) y la propia El Origen (Inception, 2010).

Nuevamente estamos ante un pedazo gigante de mampostería que -ironía mediante- califica como su proyecto más “femenino”, si consideramos al acto inconsciente de fetichizar al amor como una característica típica de las mujeres. De hecho, aquí todas las disquisiciones tradicionales de la ciencia ficción acerca del tiempo, el espacio y la materia están al servicio del melodrama, un empirismo consuetudinario y la sociobiología. Ya desde la introducción se deja bien en claro el porfiar bucólico del protagonista y su contexto, enmarcado en un Apocalipsis natural determinado por la sequía y la hambruna causadas por la explotación desmedida del planeta. De este modo conocemos a Cooper (Matthew McConaughey), un ex piloto y hoy granjero que es reclutado para comandar un viaje más allá de nuestra galaxia.

Una vez más el guión de los hermanos Jonathan y Christopher Nolan juega con la dialéctica de la reconstrucción personal, las fronteras del heroísmo, las ideologías contrapuestas, el punto de quiebre espiritual y los abismos en los que puede caer la noción de “verdad” cuando es sepultada bajo el egoísmo o su duplicado erudito, el cientificismo. El británico ofrece un retrato pormenorizado de los conflictos y vaivenes de Cooper, quien debe balancear las restricciones a la fecha del entendimiento topológico y la imperiosa necesidad de garantizar la supervivencia tanto de su estirpe como de la especie humana en general, con la distancia afectiva que implica dicha abstracción. El peregrinaje en pos de un nuevo hogar traza un horizonte que unifica la sensibilidad, los atajos cósmicos y la desesperación.

Así las cosas, este ataque al evolucionismo facilista de la fantasía especulativa de nuestros días constituye la vedette del film, aun por sobre la extraordinaria fotografía de Hoyte Van Hoytema y el maravilloso desempeño del elenco en su conjunto. La valentía del director radica en su obsesión para con el sacrificio y el tensado al extremo de los pocos elementos, tanto estructurales como del orden del contenido, a los que echa mano para apuntalar una epopeya inconformista que recorre el universo sin jamás descuidar aspectos terrenales como la ética, el abandono filial y el temor a lo desconocido. En Interestelar Nolan reincide en una progresión vía capas narrativas y deja llorando a los palurdos que querían a otro encapotado justiciero, jugándose en cambio por la eternidad más franca e inaprehensible…