Intemperie

Crítica de Diego Maté - Cinemarama

Empieza el día y la luz sacude las sombras que cuelgan en el estudio de Eduardo Stupía. La cámara de Miguel Baratta no encuentra a un genio creador sino a un artesano que modela pacientemente sus materiales. Cuando observa el armado de un collage, la película parece adherir a la vieja tesis de que no hay nada parecido a la inspiración o a la pureza de la invención, sino ensamblaje de cosas ya existentes. Los planos se entretienen persiguiendo los trazos sinuosos de grafito: en el papel no se ve ninguna figura reconocible, pero la mano de Stupía ataca segura y sin dudas, dibuja y sombrea como si estuviera siguiendo algún plan de acción secreto, inaccesible a nosotros. Cuando es entrevistado, Stupía habla con claridad y sin enredar las palabras, con la serenidad del artista seguro de su lugar y su proyecto. Mientras tanto, la cámara recorre el estudio atestado de objetos y herramientas; ese espacio de trabajo, casi como un personaje silencioso, informa tanto o más sobre el dibujante que su propio testimonio.