Güelcom

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

¿Debo irme o debo quedarme?

Cuando uno se topa con una comedia romántica tan fallida como Güelcom inmediatamente piensa dos cosas: 1) Qué buenos fueron los recientes trabajos dentro de este mismo género de directores argentinos como Hernán Godfrid (Música en espera), Mariano Mucci (Motivos para no enamorarse) o Juan Taratuto (Un novio para mi mujer); y 2) Qué injustos (exigentes) somos los críticos con tanta película menor pero correcta que en esta misma línea llega desde los Estados Unidos.

Esta ópera prima de Yago Blanco (también coguionista) acumula tópicos hiper transitados (lo cual en sí mismo no es la madre de todos los problemas, ya que muchas veces el trabajo sobre clisés y estereotipos da lugar a logradas relecturas, parodias o sátiras): por ejemplo, tenemos en el centro de la escena una ex pareja (Mariano Martínez y Eugenia Tobal) que juegan el juego del re-matrimonio (uno de los subgéneros más clásicos), tenemos terapia y obsesiones sexuales (con déja vu woodyalleniano incluído) a partir del personaje protagónico que es psicólogo y de una bella paciente que lo "acosa", tenemos conflictos propios de la inmigración a España, y -claro- la infaltable subtrama gastronómica (ella es una cocinera tan talentosa como frustrada).

Pero, reitero, las principales falencias de Güelcom ni siquiera tienen que ver con adscribir a todos los lugares comunes que puedan imaginarse dentro de esas temáticas, sino que lo hace mal: los secundarios "simpáticos" resultan insoportables, la veta guarra (alcohol, descontrol, gritos, erotismo de cabaret) es berreta (el personaje del novio español de Tobal es uno de los peores que he visto en mucho tiempo), los recursos "modernos" (la voz en off con las "10 frases más usadas por los argentinos que se van del país", las confesiones a cámara de Martínez, etc.) suenan forzados y viejísimos, y los intentos desde la banda sonora y la edición por dotar a los 105 minutos del film de algo de ritmo parecen esfuerzos desesperados ante la escasísima fluidez, encanto y ligereza del material.

No tengo nada contra el cine argentino que busca acceder a un público masivo. Al contrario: a esta altura, ante la escasez reinante, suelo celebrar incluso más un apenas aceptable exponente de género que una muy buena película nacional "de arte" o "de autor". Quiero que las apuestas industriales nacionales tengan éxito, pero que lo logren con recursos nobles y medianamente inspirados. Güelcom es, apenas, un producto profesional, pero está muy lejos de ser un buen film.