Gorri

Crítica de Diego Maté - Cinemarama

El documental sobre el pintor Carlos Gorriarena dirigido por Carmen Guarini es otro fiel exponente de la concepción del cine que desplegó la productora Cine Ojo desde sus comienzos: el montaje es seco y nunca efectista, la exploración del mundo se realiza no sólo en los puntos fuertes de la historia sino también en los márgenes (quizás bajo la creencia de que un detalle mínimo como un adorno, una frase al pasar o un objeto personal pueden ayudar a construir a un personaje tanto como un testimonio suyo) y se advierte una postura política firme, que no por decidida cierra el espacio a otras voces o interpretaciones. En Gorri el campo de batalla es el arte (ya abordado por la productora en películas como Pulqui o Espejo para cuando me pruebe el smoking) y más que la reivindicación póstuma de la obra de Gorriarena, los intereses de la directora parecen ser otros. Uno, de fuerte matriz documental, es el registro de la organización y disposición del material para la exposición sobre el pintor (fallecido en el 2007). El otro eje que empuja al film es el rescate de Gorriarena como una figura alejada de la etiqueta de la pintura social y política (rescate que se realiza sobre todo a través del increíblemente articulado testimonio de sus discípulos). En este punto la película concentra sus mayores esfuerzos: primero, porque admitir que existe esa categoría sería negarle la posibilidad de ser social y política al resto de la pintura; segundo, porque el propio Gorriarena siempre trató de apartarse de las corrientes artísticas compactas y estancas, generando una obra que (como él mismo dice en varias de las filmaciones suyas que ofrece la película) se define como opaca y gris en sus intenciones. Ese manifiesto sobre la pintura y el arte gana en densidad en las escenas con el propio Gorriarena, cuando el pintor se revela como un personaje carismático y querible por donde se lo mire (y escuche).