El vicepresidente: Más allá del poder

Crítica de Roger Koza - La Voz del Interior

En una escena inicial de El vicepresidente: más allá del poder, el aún no identificado narrador postula que en ese día fatídico en el que cayeron las Torres Gemelas Dick Cheney vio algo que pocos pudieron ver: un negocio extraordinario para la mafiosa corporación militar estadounidense. El propio relato completo del filme añade algo más: aquí se intuye la contrapartida de ese plan, su genealogía y sus múltiples consecuencias.

En efecto, algo siniestro sucedió después del 11 de septiembre de 2001. Aquellos ataques en contra del World Trade Center y el Pentágono trastocaron el orden simbólico de la política global. Se ha dicho muchísimo y se han filmado también las excursiones neoimperialistas de los Estados Unidos y sus aliados a Afganistán y a Irak. En el filme de Adam McKay se revela el oportunismo, las estrategias legales y administrativas, la eficiente manipulación de la información y, con cierta complacencia, aun la participación del Partido Demócrata. Es también un esbozo del afianzamiento de la política de los CEOs.

Pero lo distintivo y aún más perturbador pasa por otro lado. Es que algo sucedió en el mediano y largo plazo: el vocabulario político y militar cambió y reorganizó las condiciones de lo posible. Lo que era impensable o inadmisible, o aquello que se podía solamente decir en secreto y constituía una interdicción en el discurso público, empezó a oírse y a naturalizarse. Discutir sobre la tortura, por ejemplo, dejó de despertar indignación. Hay una escena precisa al respecto, cuando se introduce el concepto “cambio climático” para sustituir al de “amenaza global”.

La lectura lineal de El vicepresidente: más allá del poder reside en conformarse con aprender algo más sobre la cúpula del poder de los Estados Unidos durante la presidencia de George Bush Jr. –retratado aquí como un incompetente– y conocer la biografía de Cheney, un burócrata que gracias a su ambiciosa mujer supo vencer sus debilidades y aspirar al máximo poder en la historia de un país. Primero como miembro del Partido Republicano, luego como un distinguido CEO vinculado al petróleo, más tarde como uno de los artífices de la “guerra contra el terror”.

El filme ilustra más de seis décadas nefastas en la historia de un país que soñó en sus inicios con ser un experimento democrático. Tal vocación pedagógica fagocita y fatiga su estética; el afán didáctico dicta la puesta en escena, todo se explicita, todo se enseña. Políticamente, tal vez, se justifique.

No faltarán los elogios a los intérpretes. Christian Bale como Cheney, Steve Carell como Donald Rumsfeld o Sam Rockwell como el presidente Bush lucen convincentes (y paródicos), y no son los únicos: todo el elenco de la Casa Blanca tiene aquí su doble de ficción, aunque en ocasiones a los hombres y las mujeres de carne y hueso se los ve en archivos que se emplean como apoyo narrativo.

La película pertenece a la tradición cinematográfica de los Estados Unidos en la que se puede hacer de la ficción un instrumento crítico o satírico de la vida política de un país casi en tiempo real. No parece que un retrato como este inste a la indignación de la ciudadanía, pero no deja de ser sorprendente que cada tanto se estrene un filme en el que se explicite la obscenidad del poder. Algún día, acaso, servirá para decir basta.