El mundo entero

Crítica de Marcos Ojea - Funcinema

FUERZA Y VOLUNTAD

Cuando comienza El mundo entero, el documental dirigido por Sebastián Martínez, el narrador se pregunta: “¿cómo se hace una ciudad de la nada, en medio de la nada, en el Siglo XIX, en Uruguay?”. Para encontrar una respuesta, lo mejor es detenerse en la figura de su fundador, y ahí es donde aparece Francisco Piria. Un personaje fabuloso y excesivo, cuya personalidad puede empezar a entenderse con el primer dato que salta a la vista: su apellido en el nombre de la ciudad, Piriápolis. Según sabemos, Piria quedó huérfano de padre y fue llevado a Italia, donde fue criado por un monje jesuita. Cuando volvió a Montevideo, se hizo rápidamente un lugar entre los comerciantes, con un talento visionario para los negocios (llegó incluso a vender perros tricolor, que no eran otra cosa que perros teñidos por el propio Piria). Después vinieron el loteo de tierras, los negocios inmobiliarios, la construcción del primer y precario hotel, hasta llegar a la mansión donde vivió, y que fue la primera pieza del sueño al que entregó su vida: la construcción de una ciudad a la medida de sus ambiciones.

Si bien la historia de Piria y de los eventos que rodearon su utopía son de por sí interesantes, es la manera en la que Martínez ejecuta su documental lo que hace de El mundo entero una película fascinante, incluso hipnótica. Un trabajo formal que busca evadir las convenciones, y que rápidamente abandona los planos turísticos y las tomas panorámicas, para acercarse a sus dos protagonistas (Piria y Piriápolis, el hombre y su ciudad) con recursos ingeniosos y a la vez sencillos. Vemos un libro, vemos como una mano descubre una foto de Piria, y así conocemos su rostro; ante cada nueva maravilla arquitectónica, una mano pone frente a la cámara una miniatura del edificio en cuestión (la casa, la iglesia, los hoteles), y a través de este souvenir nos adentramos en los pormenores de cada construcción. Es un recurso simple, hasta didáctico, pero que funciona. Del mismo modo en que funcionan los efectos de sonido, presentes en todo momento. Al principio pueden parecer molestos, pero a medida que el documental avanza se vuelven indispensables, y ahí aparece otra virtud: la creación constante de climas que acompañan cada parte de la historia. Cascos de caballos, monedas, botellas, el rugido de las olas, el crujir del fuego, y un largo etcétera; cada nueva información aparece con un sonido distintivo que la potencia.

Claro que El mundo entero no solo se destaca por su destreza técnica y su aspecto visual (al que hay que agregar un trabajo de archivo excepcional, que se funde con las imágenes actuales a través del montaje), sino que también tiene la capacidad de albergar a las distintas voces que, a veces contrapuestas, componen el mito de Piria. Martínez entrevista a los historiadores que dan pistas sobre la vida y las motivaciones del fundador de Piriápolis, pero también da lugar a los que creen y defienden el costado esotérico de la historia, con Piria como un gran alquimista, que quizás incluso haya conseguido escapar de la muerte. La cuestión esotérica se ve respaldada por los símbolos que Piria fue dejando en los hoteles y en su mansión pero, principalmente, por la construcción de un templo, que lo llevó a enfrentarse a la Iglesia (y que hoy sigue oficiando de escenario para quienes continúan estudiando y practicando estas creencias). Del mismo modo, la relación tirante entre Piria y el Estado uruguayo (o la ausencia de relación, en principio) es interrogada para tratar de explicar por qué su legado quedó parcialmente olvidado.

Es innegable que Martínez mira a Piria con fascinación, y que esa idealización se traslada a todo el documental. Una ausencia de grises que podría incomodar, pero que termina siendo un detalle ante la pasión con la que el director nos invita a conocer a su personaje: un hombre que vivió adelantado a su tiempo, que entre muchos y excéntricos logros escribió la primera novela utópica uruguaya, pero que pasó a la historia como un soñador consecuente: el empresario que imaginó una ciudad ideal, y la construyó. El mundo entero es una grata sorpresa, porque consigue contagiar algo de esa pasión y de esa curiosidad al espectador, que se pierde embelasado por los pasillos del Hotel Argentino, o por los misterios de esa mansión donde Piria habitó como una versión uruguaya del Ciudadano Kane. Un auténtico triunfo.