El Hobbit: Un viaje inesperado

Crítica de Diego Maté - Cinemarama

Manierismo

El problema de El hobbit: Un viaje inesperado es el mismo que viene acosando al cine norteamericano, con su falta de ideas y su tendencia a repetirse, desde hace un buen tiempo: la película de Peter Jackson depende demasiado de lo hecho antes por El señor de los anillos, tanto que hasta la narración principal es un relato contado desde el presente de la trilogía. Jackson había sido fiel al mundo de Tolkien como pocas veces se había visto con ninguna transposición, y ese leer los libros de cerca y pegarse a ellos lo mejor que pudo fue lo que le permitió darle vitalidad y cohesión a un universo que se probó altamente cinematográfico. Las tres películas, incluso sus interminables versiones extendidas, funcionan por la creencia en los personajes y sus aventuras que demuestra el director. Pero en El hobbit la cosa cambia, porque lo que parece apuntalar la estructura general no es tanto el libro original como las películas anteriores. El primer síntoma de debilidad se nota en la enorme cantidad de personajes que la película necesita: la trilogía no se quedaba corta en ese sentido, es verdad, pero solía enfocarse en grupos pequeños, por lo general en tríos como los que conformaban Aragorn, Légolas y Gimli o Frodo, Sam y Gollum. El hobbit pide más caracteres para construir humor y drama, no tiene a su disposición una pareja con el carisma suficiente como Légolas y Gimli, entonces apuesta al número; los enanos que llegan tempranamente a la casa de Bilbo ya superan en cantidad a los integrantes de la compañía del anillo en la primera.

Además, lo que en la tres anteriores resultaba sorpresivo o era funcional al relato, acá es predecible y se percibe automático, como si el mecanismo quedara a la vista en tanto tal. Por ejemplo, los salvatajes de último minuto de Gandalf, marca registrada de El señor de los anillos, ahora se adivinan con facilidad, como si el guión hiciera que el mago cumpla con su rol de manera rutinaria. Por otra parte, Bilbo es un personaje poco delineado, no tiene los matices de los hobbits de la trilogía, ni siquiera los que le aporta Ian Holm interpretando al personaje en su edad madura. El Bilbo joven es amable, distraído, torpe y generoso, es decir, reúne todos los rasgos que se les atribuyen a los hobbits en su totalidad y no ofrece nada parecido a la estampa sufriente del Frodo consumido por el poder del anillo o el porte trágico pero siempre leal y decidido de Sam. Es como si Bilbo hubiera sido despojado de particularidades y operara como un personaje vacío, vacante para que cualquier espectador pueda sentir simpatía por él sin demasiadas complicaciones. Al Bilbo un poco desabrido y al Gandalf refritado se le suman, además, varios personajes de las películas anteriores (las apariciones breves y amontonadas de Elrond y Galadriel), y algunos de ellos, como Gollum, tienen un peso determinante pero sin aportar nada nuevo a lo ya expuesto en la trilogía, como si lo de El hobbit fuera apenas una prolongación de las anteriores y el guión no estuviera muy interesado en explorar conflictos diferentes o en mirar a los personajes con otra luz.

Así, la película no tiene grandes problemas, salvo por la evidencia de un curioso manierismo, como si El hobbit tratara de lograr lo mismo que sus antecesoras, copiar su estilo y sus modos, pero se encontrara con una pared infranqueable. La alquimia secreta que mantiene en plena forma la trilogía (incluso con sus altibajos, las tres son grandes películas) esta vez fracasa; están muchos de sus ingredientes pero faltan otros y los que permanecen no se administran en las dosis correctas. Peter Jackson se copia a sí mismo, realiza algo muy parecido a un greatest hits de su propia filmografía y, a pesar de su enorme capacidad para imaginar visualmente la Tierra Media y sus criaturas, El hobbit no deja de ser una película menor carente de personalidad.