El encanto del erizo

Crítica de Roger Koza - La Voz del Interior

LA PESIMISTA PRODIGIOSA

El film de Achache pertenece a un género ligeramente inclasificable que bien podría llamarse exitencialismo light francés pero oblicuamente norteamericano, film diseñado para emocionar y hacer pensar, operación fallida porque no hay ni materia gris, ni un genuino acercamiento a la vida emocional de sus personajes.

Parece buena y simula inteligencia, pero El encanto del erizo no es otra cosa que cine berreta adornado de firuletes retóricos de naturaleza filosófica; al desatento, quizás, le podrá parecer sabiduría amarga extraída directamente de la pluma de Cioran, aunque el rigor filosófico del filme compite en negligencia con el horóscopo chino y los consejos de un charlatán de turno. Es cierto que una sentencia como “el psicoanálisis compite con la religión en su amor por el sufrimiento”, dicha por una niña de 11 años, puede llamar la atención. Pero a no engañarse: la última frase (y otras tantas) es para póster de consultorio.

Inspirada en la novela de Muriel Barbery “La elegancia del erizo”, la película de Mona Achache cuenta la historia de una niña de 11 años que nos informa que a los 12 se suicida. Como si hubiera leído las obras completas de Schopenhauer, Camus y Cioran, la pesimista prodigiosa describe a sus padres como neuróticos y burgueses, desprecia los privilegios materiales (aunque sabe que es potencialmente rica) y sospecha que el sinsentido ruge detrás de todas nuestras prácticas. Paloma discute sobre el origen del Go y puede dibujar como Caloi; su principal objetivo es preciso: hacer una película, y luego morir. Así, filma todo: la muerte de un vecino, el llanto de una amiga, los brotes histéricos de su madre o de su hermana mayor.

Sus pares, naturalmente, no pueden ser sus compañeros de escuela, y menos aún sus familiares. La portera de la casa y un nuevo vecino japonés, ambos lectores y amantes del cine de Ozu, viudos pero quizás protagonistas de un posible noviazgo tardío, son sus amigos. Los días pasan, los vínculos se afianzan y la promesa de quitarse la vida subyace.

La música, en cualquier película, es siempre sospechosa. La banda de sonido es aquí una clave: las melodías y su orquestación remiten a Belleza americana, una película tan nihilista como ésta, pues allí también se traicionaba elegantemente a la vida en nombre de un trasmundo. Aquí escucharemos predicar a un personaje desde el más allá. No será nuestra Paloma, sino una víctima (del guión) que será (cruelmente) sacrificada para que nosotros memoricemos de qué modo hay que morir. Mientras se afianza el mantra suenan los acordes: la vida está en otra parte.