El bebé de Bridget Jones

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

VIEJOS TRUCOS, VIEJOS VOTOS

Cuando nadie lo pedía, Bridget Jones volvió. O tal vez alguien lo pedía, y esa era Renée Zellweger para quien este personaje es una suerte de amuleto que puede devolverle la vida perdida a su adormilada carrera. La actriz se pone nuevamente en la piel del personaje más autoconsciente de la historia del cine: su voz en off siempre fue una clave en la franquicia, que funcionaba a la vez como voz de la conciencia de Bridget. Esa voz le marcaba los errores, incluso dialogaba con ella misma, la contradecía, y era material indispensable de la comedia. Era un recurso que aportaba cierta noción de intertextualidad en tiempos donde las redes sociales todavía no habían invadido la experiencia del día a día, por lo que el regreso de Bridget Jones a la pantalla debía asimilar aquellas cosas que modificaron el mapa de la sociedad y la cultura universal en estos 15 años. Ahí el primer gran desacierto de la película: salvo por unos hipsters ridículos que copan la producción del programa de televisión donde la protagonista trabaja, esta El bebé de Bridget Jones podría estar ambientada en 2001 que ni lo notaríamos.

Como lo dice el título claramente, la tercera entrega trae la novedad del bebé. Y el bebé es, digamos, un MacGuffin que sirve para apuntalar la estructura que siempre ha apuntalado a las películas de Briget Jones: una estructura geométrica con forma de triángulo, el tironeo entre dos partes. La protagonista queda embarazada, pero como en pocas horas tuvo sexo con dos hombres, no hay certeza de quién puede ser el padre: entonces embauca a los dos haciéndoles creer que lo son, y uno de ellos no es otro más que el viejo (literal y metafórico) Darcy de Colin Firth, el amor de toda la vida. De ahí, el juego de enredos y equívocos a los que el personaje se somete por no decir la verdad de una. Porque la Jones podrá creérsela muy superada y moderna, pero sigue siendo una conservadora de campeonato que cree representar a la madre de las meretrices si confiesa haberse acostado con dos tipos. El nivel de osadía en los atrevimientos del personaje sigue teniendo ese tufillo de provocación para abuelas.

Cuando hace ya década y media apareció el personaje de Bridget Jones en el cine (antes había sido fenómeno de ventas editorial), el mismo era presentado como una suerte de mujer moderna y liberal. Mentira, Bridget nunca lo fue. En verdad el personaje vino a representar un ala más autoconsciente del rol secundario de la mujer en la sociedad, ese que sólo se completa con la presencia de un otro y que no puede escapar a los mandatos sociales. La autoconsciencia la hacía un poco más simpática y divertida, pero en el fondo era una forma de disfrazar el conservadurismo de la propuesta: en el horizonte, está claro, Bridget quería casarse de blanco y formar una familia. En ese sentido esta tercera entrega es mucho más honesta: la protagonista ya pasó los cuarenta y lo que anda buscando es cómo paliar esa soledad en un presente donde la rodea gente de su edad y ocupada, o gente joven y demasiado imprevisible.

El mayor acierto de El bebé de Bridget Jones, que cuenta con el regreso de Sharon Maguire en la dirección, es abordar algunos temas interesantes como las nuevas formas de afrontar la maternidad o la paternidad sin ponerse demasiado solemne o cursi. Pero el mayor problema es que no logra construir situaciones genuinamente graciosas alrededor de esta premisa, más que algunas donde se observa el oficio de un elenco que conoce las cuerdas básicas para invocar la risa: Emma Thompson haciendo un personaje muy divertido y de taquito, Patrick Dempsey con su galanteo patético, Firth con esa cara de culo patológica y la Zellweger recuperando el muestrario de mohines con el que alguna vez nos convenció de que tenía talento. Como verán, todos trucos viejos que hacen juego con una comedia que atrasa unos cuántos años, tanto formalmente como en los votos que cumple su personaje.