Drácula

Crítica de Santiago García - Tiempo Argentino

Sangre de sabor amargo

Cuando Bram Stoker escribió su gran novela Drácula en 1897 no se pudo imaginar que ese fenómeno naciente llamado cine la iba a convertir en uno de los textos preferidos de las adaptaciones de todos los tiempos. Cientos de películas, del Nosferatu de Murnau al Drácula de Coppola, pasando por el incomparable Bela Lugosi y el gran Christopher Lee, han ilustrado en imágenes al doblemente inmortal personaje. Pero también se supo que Stoker se inspiró en la figura de Vlad Tepes (el empalador) el príncipe de Valaquia famoso por mandar a empalar a decenas de miles. La película Drácula (2014) busca conectar al personaje histórico con la leyenda del vampiro. Pero al hacerlo se encuentra con toda clase de problemas, sin duda. En primer lugar la fuerza del mito vampírico se encuentra, desde Stoker en adelante, en la carga sexual que subyace en todo el relato y su enfrentamiento con la doble moral de una sociedad, cualquiera sea. Pero la historia de Vlad es la historia de un líder que condenó a una muerte cruel a un número gigantesco de enemigos. La película no necesitaba ser leal a Bram Stoker, claro, pero no es sencillo identificarse con el sufrimiento de alguien capaz de cometer semejantes actos sangrientos. "Al empalar a un pueblo entero, salvé a diez más", dice el personaje, complicando bastante las cosas. Sí, el personaje sufre, sí, hay villanos, y sí, también surge el vampirismo, pero las contradicciones son muchas y se notan.
La mezcla en un solo relato que aquí se hace entre Vlad y Drácula no suma, sino que resta y desarma cualquier interés.