Corpus Christi

Crítica de Diego Maté - A Sala Llena

El protagonista de Corpus Christi es un chico que anda medio perdido. Está internado en un reformatorio, no se le conoce familia y uno de sus compañeros vuelve al lugar para vengarse de una cuenta pendiente. Thomas ayuda al párroco durante las misas: es lo más parecido que exhibe a una vocación. El tipo le consigue un trabajo en el aserradero de un pueblito y lo invita a que le dé una mano al cura. Cuando llega, algo desorientado por el viaje, envalentonado por las humillaciones, Thomas se hace pasar por cura y tiene que reemplazar por un tiempo al párroco. Ahí descubrimos que la película está igual de desorientada que él.

En la primera escena se ve a los internos del reformatorio agarrando a un chico para atormentarlo unos segundos mientras una especie de instructor sale de la habitación. La cámara se mueve rápido y muestra cómo a Thomas lo mandan a vigilar la puerta mientras adentro se desenvuelve la tortura. La película parece querer hablar de la crueldad de la juventud y la dureza de la vida: la agilidad de la planificación y que todo transcurra en un pequeño aserradero hace acordar a El hijo, de los Dardenne. Pero el guion pasa enseguida a narrar la llegada del protagonista al pueblo y ahí todo cambia: la sordidez y la brutalidad del encierro dejan paso a otra cosa, algo que podríamos llamar una película-de-curita-rural, un cine más bien sereno en el que las tensiones, incluso las más terribles, se resuelven de manera más o menos contenida. La parroquia, la casa del cura local, las callecitas del pueblo, el silencio y el sol del campo: la transformación es total, del terreno de los Dardenne nos llevan a los dominios de algún otro director más discreto, y un poco lo agradecemos.

Pero Jan Komasa anda medio fuera de eje. Ve algo nuevo, se entusiasma y deja lo que estaba haciendo para probar otra cosa. Ahora el relato del falso cura en la campiña muta en un cuento de pueblo chico infierno grande, y Thomas ya no es un impostor que busca su lugar en el mundo sino un rebelde que debe descifrar la trama de engaños dispuesta alrededor de un accidente en el que murieron varios chicos del lugar. La hija del párroco le hace ojitos y con eso alcanza para que Thomas cobre ánimos y se atreva a disputar la autoridad nada menos que de la tiránica esposa del cura y del alcalde de la región.

Pero no es que Corpus Christi se entregue a algún tipo de deriva, que haga del extravío un dispositivo estético que permite renunciar a un programa narrativo claro. Lo de Komasa parece una confusión más bien simple, sin demasiado espesor, poco productiva. El tipo se mueve un poco como Thomas, a los tumbos, sin un rumbo preciso, oliendo el aire en busca de alguna pista y viendo hacia dónde puede dirigirse después. No es que Corpus Christi esté, digamos, atenta, o abierta; es solo que no sabe, que no tiene idea.

Thomas juega al detective hasta que todo se le viene encima: los poderes del pueblo se cierran sobre él y sobre su pesquisa, la chica que le gusta adivina que esconde algo, el viejo párroco está por regresar y para colmo en el aserradero aparece de un momento a otro uno de sus antiguos compañeros del reformatorio que procede a la extorsión y las amenazas de rigor. Entonces, al final no hay ni retrato crudo de la vida de un joven recluso (con las miserias dardennianas de ocasión), fresco religioso-campestre amable con nuestros sentidos, relato con aires detectivesco que nos sumerja en una intriga ni cuento con moraleja sobre una demorada rebelión rural. O, mejor, está todo eso junto, metido a presión y formando un monstruo con varias cabezas de las cuales ninguna piensa demasiado bien.

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