Candelaria

Crítica de Horacio Bernades - Página 12

La verdad de los cuerpos de los personajes

Jhonny Hendrix Hinestroza (sic, no Jimi sino Jhonny y no Johnny sino Jhonny) es el nombre del director de este film cubano, que viene de ganar el Premio del Público en el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse, posterior al que Hinestroza (o Hendrix) ganó el año pasado en la sección Venice Days de Venecia. Tal como aclara un cartel inicial, Candelaria transcurre en el llamado “período especial”, eufemismo oficial para la economía de guerra implantada en la isla después de la caída de la Unión Soviética, cuando Cuba perdió al mismo tiempo a su principal proveedor y su más relevante consumidor. Hinestroza (o Hendrix) elige narrar las privaciones de ese período a través de la óptica de dos seres particularmente desvalidos, en un tiempo desvalido: un matrimonio de ancianos, que sobrelleva como puede –él con tristeza, ella con más espíritu– los cortes de luz, la comida racionada, la escasez general, la falta de esperanzas.

Por qué está tan triste Víctor Hugo (Alden Knight) no es algo que esté a la vista. Tal vez por su condición de jubilado, quizá por esa tos permanente que genera inquietud o por el estado derruido de la economía doméstica. Candelaria (Verónica Lynn; parecería que todos tienen apellidos en inglés en esta película), en cambio, parece afrontar las adversidades con otra gentileza, que tal vez, como se confirma sobre el final, sea entereza. Candelaria tiene una ventaja por sobre su marido: trabaja en la lavandería de un gran hotel. Allí caerá un día en sus manos, como lanzado por la Providencia misma, un bolso que por lo visto se le deslizó a algún pasajero entre las sábanas. Dentro del bolso, una cámara de video, de aquéllas que en ese momento (primeros noventa) no cualquiera estaba en condiciones de comprar. En la Cuba de la época, donde hasta la comida parece un artículo de lujo, ni hablar.

Escasez de lo más elemental, paredes ruinosas, el robo generalizado como modo de sobrevivencia, mercado negro (que maneja un extranjero que habla en cocoliche y es imposible saber si es un ruso perdido, un yanqui infiltrado o un alemán que llegó en busca de mulatas), jineteras, balseros: Candelaria es la clase de película deseosa de transmitir una visión generalizadora de una sociedad o un país. En este caso, bajo el paraguas de transcurrir más de treinta años atrás. Pero Hendrix Hinestroza no parece estar hablando del pasado. Todos aquellos males que se señalan no difieren demasiado de la Cuba actual. Y tampoco difieren demasiado de todo lo que ya se conoce. O de lo que el espectador medio europeo, al que la película en buena medida está dirigida, espera de un film social cubano.

Lejos de esas generalizaciones sobre la sociedad de su país, lo mejor de Candelaria está dado por la relación entre la cámara y ambos protagonistas. Cuando ellos están en cámara, la cámara se detiene frente a ellos, observándolos con paciencia, adecuándose a su ritmo de tercera edad. En esos momentos y a diferencia de aquellos comentarios trajinados sobre el entorno, el film muestra una verdad. La verdad de esos cuerpos, esos personajes, puestos en última instancia frente a un dilema que Candelaria se ocupa de demostrar que no es tal, con una soltura y un desprejuicio que desafían todo preconcepto sobre el anquilosamiento de la gente “mayor”.

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