Calvario

Crítica de Roger Koza - Con los ojos abiertos

La segunda película de John Michael McDonagh (El guardia) puede convencer a una gran mayoría debido a las virtudes dramáticas de Brendan Glesson, pero esta comedia teológica afectada por su compulsión a conmover con algunos aciertos ocasionales, ciertos encuadres enrarecidos y un punto de vista difuso devela finalmente su confusión ideológica cuando en su desenlace bressoniano el rostro elegido para denotar la gracia recae en el que puede perdonar y no en quien ha sido condenado, que, en última instancia, es una víctima de la institución eclesiástica antes que un asesino. Tras unos precisos siete planos en el inicio, en los que el cura interpretado por Glesson es interpelado (y también amenazado) en el confesionario por un adulto que fue sistemáticamente abusado por un cura en su infancia, al clérigo le quedará una semana para ponerse al día con sus propias deudas, en especial con su hija (a quien tuvo antes de convertirse en cura), quien acaba de intentar quitarse la vida. Así descripta, Calvario puede sugerir un drama irrespirable y pletórico de situaciones extremas, pero McDonagh apuesta por poblar su relato con personajes conceptuales tan cómicos como patéticos que ilustran todos los vicios de un mundo incrédulo, al cual el héroe vertical vestido de negro jamás juzga, sino que más bien intenta contrarrestarlo, habilitando así varios pasajes humorísticos (la mejor línea pasa por la presunta imposibilidad de los budistas para ejercer la violencia). El problema de Calvario reside en la inadecuación entre sus elementos diversos y antitéticos, como si la propia crisis de fe generalizada de ese pueblo marítimo de Irlanda alcanzara a la película misma, incapaz de asumir la confrontación entre la razón cínica que organiza la función dramática de la mayoría de sus personajes y la abnegación humanista del cura que cree sabiendo que cree en lo que cree. La conveniente referencia a Diario de un cura rural por parte de McDonagh puede llegar a seducir y surtir efectos laudatorios, pero del cine de Bresson han quedado aquí virtudes mínimas.