Bárbaro

Crítica de Rodrigo Seijas - Funcinema

ENTRE LO IMPLÍCITO Y LO EXPLÍCITO

Hay una corriente del cine de terror cuyos realizadores parecieran buscar que sus películas sean “más que una de terror” y que sean obras, desde lo formal y temático, que sean evocaciones de algo mucho más profundo que simplemente el miedo, el temor o la angustia. Es un cine que muchas veces parece dirigirse a un público que siente un poco de culpa por ver un género al que suele considerar menor, un “terror para los que no les gusta el terror” y del cual podría decirse que forman parte cineastas como Jordan Peele, Ari Aster, Robert Eggers y Alex Garland. Ha dado, es innegable, algunas películas potentes e interesantes, aún en sus defectos, como El legado del diablo y ¡Huye! Pero también sigue una agenda que en muchas ocasiones pone los mensajes por delante de la historia, el gesto sociológico antes que los personajes y que hasta subestima su propia materialidad.

A esta nueva senda se suma Zach Cregger con Bárbaro, una película que trabaja con una premisa mínima a la que le va agregando vueltas de tuerca y capas de sentido, en el sentido tanto positivo como negativo. El relato se centra en una joven (Georgina Campbell) que viaja a Detroit para una entrevista de trabajo y que alquila una casa a través de Airbnb, pero que cuando llega, en una noche lluviosa, descubre que ya está ocupada por otro joven (Bill Skarsgård), quien le sugiere quedarse, ya que no hay otras alternativas de alojamiento. Pero en el sótano de esa casa, que parece común y corriente -aunque está ubicada en un barrio que es tierra arrasada-, la protagonista descubre una puerta secreta que conduce a un tétrico pasadizo, que aloja un secreto bastante horripilante.

El film se toma su tiempo para desencadenar por completo su conflicto, incluso subvirtiendo expectativas a partir de cómo posterga el estallido pleno del horror. Eso no le impide generar tensión, sino que incluso favorece ese objetivo: Cregger maneja muy bien las posibilidades expresivas de los espacios vacíos -que incluyen el paisaje decadente y derruido que rodea la casa-, la profundidad de campo y los sonidos, que encima se potencian gracias a una banda sonora que logra grandes momentos de inquietud. Asimismo, la premisa inicial da paso a giros temporales que le dan a la narración un sesgo mucho más ambicioso, a partir de cómo indaga en conceptos vinculados a las masculinidades tóxicas, con la introducción de un personaje interpretado por Justin Long que es clave.

Es probablemente este último aspecto el más problemático, porque coloca al film en una posición mensajística y queriendo prenderse a la ola woke, que no suele preferir las construcciones narrativas sutiles. En el último tercio del metraje, todo lo que estaba implícito o apenas insinuado pasa a quedar completamente explícito, lo cual no solo incluye la mirada sobre el machismo, sino también sobre esa parte de la sociedad estadounidense que se ha caído del tejido social, las maternidades retorcidas y la indiferencia ante la violencia. Ahí es donde Bárbaro se vuelve demasiado obvia y hasta innecesariamente canchera en su visión sobre el horror, con vueltas de tuerca que dejan en claro que a Cregger le importa más el contenido ideológico -y, por ende, en apuntar a un público con una formación supuestamente “progresista”- que los personajes. En ese afán por ser algo más que “una de terror”, en mostrarse “distinta”, es que termina cambiando una serie de lugares comunes por otros y que pierde la oportunidad de ser esa gran película de horror que amagaba con ser en su primera mitad.