Asesino: misión venganza

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

TODO SOBREACTUADO

Luego de la irrupción de la saga Bourne, Hollywood ha tratado de replicar ese modelo casi ineludible. Ahí tenemos al giro que dio el personaje de James Bond a partir de la interpretación de Daniel Craig o el intento de franquicia que fue El aprendiz. Asesino: misión venganza es una nueva tentativa por iniciar una lucrativa saga, esta vez basándose en la saga literaria sobre el agente contraterrorista Mitch Rapp, creada por Vince Flynn y que abarca hasta el momento dieciséis novelas. El problema es que ninguno de los elementos desplegados funciona de la manera apropiada.

La clave para que eso suceda pasa por la permanente sobreactuación de cada uno de los componentes de la trama. Eso ya se percibe desde el arranque de la película, cuando vemos a Rapp contemplando el asesinato de su prometida en una playa española por parte de unos terroristas. El director Michael Cuesta (quien venía de dirigir Matar al mensajero y varios capítulos de la serie Homeland) quiere plantear un abordaje particular a partir de la violencia, pero lo único que consigue es exagerar el gesto, sin por eso salir de todos los lugares comunes posibles. Luego viene un risible y acelerado tramo donde Rapp acumula furia, se entrena en armas y lucha, se pelea con cualquiera porque sí (es que está muy furioso), se infiltra de forma totalmente hilarante en una célula terrorista y luego es capturado por la CIA, que lo termina reclutando para integrar una unidad especial, de esas que hacen todo el laburo sucio de manera encubierta, por Dios y por la Patria. Allí es donde Rapp tendrá que enfrentarse a su primer gran enemigo, un mercenario/traidor que pretende usar una bomba atómica para desatar una crisis de enormes proporciones.

Lo cierto es que todo el relato de Asesino: misión venganza está atravesada por una persistente previsibilidad, aún en sus giros supuestamente astutos, y su único recurso termina siendo la remarcación. Esto se traslada principalmente a su protagonista: Dylan O´Brien nunca le encuentra la vuelta al personaje de Rapp y lo único que sabe es poner gesto adusto, con lo que nunca genera un mínimo de empatía. De hecho, su Rapp termina mostrándose como uno de los peores espías de la historia tanto literaria como cinematográfica: un joven tan impulsivo como inexpresivo, sin ningún tipo de carisma, que no para de desobedecer órdenes y cometer errores, pero que sin embargo es protegido (y explicado) por sus superiores y termina consiguiendo sus objetivos casi de casualidad. La película ni siquiera se permite una mirada irónica sobre su camino de aprendizaje (todo es serio y ceremonioso, y el humor está ausente) y la sensación es de una permanente arbitrariedad.

En el medio, Taylor Kitsch (quien sigue acumulando films fallidos en su carrera) compone a un villano que es un tanto patético pero nunca atractivo; Michael Keaton monta un show unipersonal en una escena de tortura; Shiva Negar lleva como puede a su personaje, que es apenas una herramienta del guión; Scott Adkins es totalmente desperdiciado; y Sanaa Lathan se dedica a justificar a Rapp. Y claro, no hay que olvidarse de cómo el relato amontona problemas de montaje, efectos especiales de segunda selección (particularmente sobre el final), resoluciones sin el más mínimo sustento y bajadas de línea intervencionistas y fascistas, como para avalar el lugar común de que a los yanquis (y sus agencias de inteligencia) lo que menos les importa son reglas, sino acabar con todos los fucking terroristas.

Asesino: misión venganza solo toma en cuenta la fisicidad de la saga Bourne (aunque la reproduce en piloto automático) pero nunca su mirada compleja sobre el mundo del espionaje. Por eso solo entrega estereotipos y sobreactuaciones en todos los niveles estéticos, técnicos y narrativos. El plano final, que se pretende astuto y busca dejar todo abierto para nuevas entregas, no deja de confirmar sus enormes limitaciones.