Argo

Crítica de Agustín Neifert - La Nueva Provincia

Entre la farsa y la tragedia

Argo se inscribe en la línea del mejor cine político, al estilo de filmes de los setenta (Tres días del Cóndor , 1975, de Sydney Pollack) y los más recientes de Doug Liman (Poder que mata, 2010) y George Clooney ( Buenas noches y mucha suerte, 2005, y Secretos de Estado, 2011).
Clooney, productor de Argo , y Ben Affleck son los actores/directores de mayor talento y políticamente los más comprometidos del cine norteamericano actual.
Para situar al espectador, la película abre con un encuadre histórico. En 1951 el primer ministro iraní Mohammad Mossadegh nacionalizó el petróleo. En 1953, Estados Unidos y Gran Bretaña fogonearon un golpe de Estado para instalar en el gobierno al Sha Reza Pahlevi, quien favoreció los intereses económicos de sus "patrocinadores" y desató una feroz represión.
En 1979, la revolución islámica promovida por el ayatollah Komeini destituyó al Sha, quien logró exiliarse en Estados Unidos. Para exigir su entrega, los iracundos simpatizantes de Komeini ocuparon la Embajada norteamericana en Teherán y tomaron rehenes a sus funcionarios.
Pero seis de ellos lograron fugar y refugiarse en la residencia del embajador de Canadá. Affleck se ocupa de esos diplomáticos y de la operación montada por el agente secreto de la CIA Antonio "Tony" Méndez, especializado en actividades encubiertas, para rescatarlos.
Méndez, interpretado por el propio Affleck, pone en marcha un plan francamente surrealista con el apoyo de la CIA, de un productor de cine de Hollywood y de John Chambers, el laureado maquillador de El planeta de los simios.
El plan consistió en fraguar la producción de una película de ciencia ficción que debía incluir secuencias rodadas en Teherán y hacer creer a los iraníes que los seis refugiados eran canadienses que formaban parte del proyecto y estaban empeñados en la búsqueda de locaciones. El título de la película era, precisamente, Argo.
Esta historia se mantuvo en absoluto secreto hasta que en 1997 el presidente Clinton resolvió desclasificar los archivos. Los pormenores de la operación y el final del filme quedan reservados a los eventuales espectadores.
El drama y la tragedia tienen como escenario a Teherán; la comedia se cuela en Hollywood a través de las actuaciones de Arkin y Goodman; y las intrigas secretas se desarrollan entre la sede de la CIA en Virginia y los despachos de Washington.
Cuatro de las principales bazas de Argo son la rigurosa ambientación y puesta en escena; un sostenido suspenso, que en la última media hora adquiere una enorme tensión; y el excelente trabajo del iluminador Rodrigo Prieto, habitual colaborador del mexicano Alejandro González Iñárritu.
La cuarta es la verosimilitud que Affleck, un director maniático y especializado en temas de Medio Oriente por la Universidad de Vermont, logra imprimir a la historia.
En cierto momento el personaje de Arkin cita una frase de Carlos Marx, quien habría dicho que la historia se repite primero como drama y luego como farsa. Algo de esto ocurre en Argo.
El principal reproche que se puede formular a Affleck es que la película finalmente decanta no en una farsa, porque la historia es demasiado dramática para que eso ocurra, sino en una "americanada" a favor del "patriotismo" de su país y de la CIA.
"Ningún medio de comunicación de masas es inocente --afirma Celestino Deleyto--, pero todos tratan de pasar por inocentes y de apelar a la inocencia del espectador".
El cine no es la excepción. Para Affleck, ese final a lo "Hollywood" significó una concesión al espectáculo fílmico.