360

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

Iñárritu volvé, te perdonamos...

Uno podría hacer copy y paste de una crítica que hayamos escrito sobre una película de Alejandro González Iñárritu y cambiarle los nombres y lugares. La misma (falsa) importancia, la misma manipulación emocional para tener al espectador siempre como rehén, la misma moralina, el mismo discurso solemne y culpógeno, la misma estructura coral... Pero -para colmo de males- menos talento. Porque el realizador mexicano podrá ser un filósofo de cuarta, un cretino, pero al menos tiene ínfulas, fuerza y cierta categoría como cineasta. Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel), ni siquiera eso. Es un director mediocre, dueño de un tono bastante anodino que no "dialoga" con la potencia de los conflictos que aborda (banalizados al extremo, por supuesto).

No sé por qué a estos latinoamericanos consagrados internacionalmente les dan en el Primer Mundo el lugar de profetas que exponen (todas juntas, amontonadas) las peores miserias contemporáneas. Aquí, en medio de la estructura circular (¿360 entienden?), vamos de ciudad en ciudad, de personaje en personaje, de melodrama en melodrama: los males de la prostitución y los abusos de los mafiosos, las tentaciones de los abusadores, las penurias de un padre que ha sufrido la muerte de su hija, el accionar de empresarios inescrupulosos, las desgracias de los matrimonios amenazados por el adulterio, las desdichas de aquellos que sufren el desamor y la soledad...

A ese muestrario de padecimientos (gentileza del guionista Peter Morgan, el mismo de La Reina y Frost/Nixon, a partir del clásico de La ronda, de Arthur Schnitzler) se lo filma con un estilo "casual" que resulta siempre forzado y artifical, se lo matiza con hermosas canciones que quedan horribles y se los vincula con elementos "azarosos" que se pueden adivinar muchos minutos antes. La corrección política le ha hecho mucho daño a la sociedad actual. Uno de los peores es este cine de coproducciones internacionales sobre los grandes temas, pero que se olvidan (por suerte) apenas se enciende la luz de la sala. Trascendencia intrascendente.