Zonda: folclore argentino

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

MUSICALIDAD VISUAL

El galpón de La Boca empieza a acondicionarse: se limpian grandes espejos, se afina el piano, se preparan las luces e incluso se muestra una cámara que encara a los espectadores. Entonces, cuando ya las condiciones son las propicias, el pianista se sienta y comienza a tocar.

En un primer acercamiento, bien podría tratarse de la expectación de un ensayo musical puesto que el lente registra, casi en su totalidad de forma fija, la sucesión de interpretaciones de algunos reconocidos cantantes en duetos, como solistas o en grupo. Por momentos, las interpretaciones se producen en climas más íntimos y en otros casos como una celebración. También algunos ritmos son acompañados por danzas o juegos entre luces y sombras.

Sin embargo, en una segunda aproximación se puede pensar que la propuesta del director español Carlos Saura en Zonda: folclore argentino está ligada a la conformación de una especie de diccionario visual y auditivo. Claro que con algunas excepciones.

Saura pareciera no realizar un trabajo exhaustivo sobre el folclore ni tampoco ocuparse de la historia desde los orígenes. Por el contrario, se concentra en un recorte personal que ordena de manera fortuita y, a veces, repetitiva. Por ejemplo, la zamba se muestra en varias oportunidades y eso no sólo genera cierta monotonía, sino también confusión ya que no se comprende la intención de dichas reiteraciones.

No obstante, el interés de la construcción del documental radica en el aprovechamiento de su perspectiva: la ejecución como elemento primordial, la acentuación de los rasgos específicos de cada ritmo ya sea a través de los instrumentos, del vestuario o de las voces.

De esta forma, la imagen y sobre todo el sonido cobran una importancia central como herramientas no sólo para describir, sino también para explicar o ejemplificar. Saura aprovecha la idea de íconos reconocibles de los cantantes, aunque no los introduce en la película y sólo se los nombra en los créditos, para vincularlos con espacios bastante despojados de elementos y realzar su interpretación. Pero también en los planos subraya la variación de los instrumentos, la creación de climas, las vestimentas características, los movimientos de los cuerpos y, en ciertos casos, la construcción de otros espacios como un aula – para rendirle homenaje a Mercedes Sosa – o una peña cuyana.

La palabra, entonces, queda reducida a un plano secundario; su principal valor radica en las letras de las canciones y no como diálogo puesto que sólo actúa en acciones simples y asociadas a detalles previos a la puesta en escena.

Otro de los inconvenientes de Saura tiene que ver con la forzada e inexistente asociación entre el viento Zonda y la música. El español resume en una breve placa al inicio del filme el origen del viento y lo vincula con la música por el ritmo. Sin embargo, ese lazo no es trabajado en ningún momento y tampoco se lo vuelve a exponer.

Dentro de su linealidad y recorte caprichoso, Saura consigue esbozar el diccionario de forma acertada no sólo por la selección de una perspectiva fresca, sino también por el valor otorgado al sonido y a la imagen. Entonces, el círculo se cierra casi como al inicio, en la exhibición del galpón de La Boca y sus dos espacios: los elementos que fueron puestos en escena y el grupo lejano que termina de celebrar el recorrido del breve diccionario.

Por Brenda Caletti
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