Voley

Crítica de Sergio Zadunaisky - A Sala Llena

Pelotazo al vacío.

Un grupo de amigos que ronda los 30 decide pasar unos días cerca del fin de año en la casa de un familiar de uno de ellos en el Tigre. Nicolás, Pilar, Cata, Manuela y Nacho son de la partida, a la que se suma inesperadamente Belén, la hermosa amiga de Manuela. El grupo llega a la casa y comienzan los enredos. Los personajes entrarán en una especie de juego de enroques, pero lo que podría haber sido interesante se encuentra lejos de generar algún interés y se diluye en escenas intrascendentes, chistes pocos graciosos o de gusto dudoso y momentos descartables.

Los personajes, estereotipados (la obsesiva del orden, la “intelectual” de sexualidad indefinida, el misógino, la ingenua), están lejos de generar alguna empatía, no crecen, solo se mueven sin ton ni son, y seguir sus avatares y desventuras resulta tedioso y sus diálogos y situaciones poco importan, en una historia que parece no tener fin. La droga y el sexo aparecen, quizás como elemento de ruptura de un orden establecido o mero componente cómico, sin lograr plenamente los objetivos.

El único personaje que parece sufrir alguna transformación, o al menos sentirse tocado por los acontecimientos al finalizar la película, es “Cavernico” (Nicolás, interpretado por el propio Piroyansky). Aunque al salir de la sala, uno ya se olvide rápidamente del asunto y quiera pasar a otra cosa. De los más rescatable, la música de Nicolás Sorín, sobre todo el leitmotiv musical que marca el estado salvaje de los personajes.

No se termina de entender a dónde apuntó Martín Piroyansky en Vóley, si al retrato de una generación todavía anclada en la adolescencia tardía, la pugna entre lo primario que subyace dentro de nosotros y las formas civilizadas, o al vacío que nos toca vivir en estas épocas. En definitiva, puede que involuntariamente haya sido esto último, porque no le encontré ningún sentido.