Voley

Crítica de Juan Pablo Martínez - Fancinema

Nueva Comedia Argentina

El año pasado, Martín Piroyansky estrenó su tercer trabajo como director luego del gran corto No me ama y su opera prima Abril en Nueva York, una película algo despareja pero chiquita y amable que aquí fue recibida con un desprecio desmedido. Aunque este estreno del año pasado no fue en cine sino en YouTube, y se trató de la serie web Tiempo libre. Con muchos de los elementos de varias sitcoms que bien conocemos, esta serie producida por la Universidad Tres de Febrero tiene al propio Piroyansky interpretándose a sí mismo en un reality show apócrifo que muestra su vida cotidiana en un momento en el que está esperando a que le llegue su próximo trabajo actoral. Repleta de cameos y con una cantidad de referencias a la cultura popular que no estamos acostumbrados a ver en un trabajo local, en Tiempo libre ya puede verse lo que en Vóley se vuelve aún más evidente: que Piroyansky conoce perfectamente los códigos de la comedia americana y sabe traducirlos al ámbito local sin que esto haga ningún tipo de ruido.

En los últimos años ha habido muchos intentos de trasladar elementos de la Nueva Comedia Americana al cine argentino pero, en la gran mayoría de los casos, esta traslación terminaba siendo contaminada por los peores vicios de la comedia argentina más vetusta y conservadora. Nada de eso último sucede en Vóley, donde incluso sorprende que se trate de un segundo largometraje y no la película número cinco de un director que ya tiene todo aceitado. Piroyansky se apoya en una locación acotada (una casa en el Tigre al que va un grupo de amigos a pasar un par de días, fin de año incluido) y un grupo de actores jóvenes y extraordinarios y saca provecho de eso con una historia de encuentros y desencuentros, de amores y desamores, de cagaderas y constipaciones. Vóley juega a dos puntas: por un lado, tiene mucho de cuento rohmeriano (Piroyansky menciona Paulina en la playa como una las principales inspiraciones del film). Por el otro, está la comedia americana de los últimos años, con sus pedos, sus garches y sus diálogos soeces. Y Piroyansky amalgama esas dos puntas con maestría: la película es muy bella desde lo visual, con unos planos perfectamente coreográficos en los que sigue a sus personajes mientras besan a uno, besan al otro, cogen con uno, cogen con otro, están enamorados de uno y después se enamoran del otro. Y, al mismo tiempo, logra una enorme cantidad de momentos de alta comedia, con timing y diálogos precisos y donde nada parece forzado.

Incluso, Piroyansky juega mucho con la sorpresa; con hacernos creer que va a ir para un lado y después tomar el camino menos esperado. Perdonen por spoilearles uno de los mejores chistes que tiene la película, pero sirve muy bien para ejemplificar esto último: en un momento, a Belén (Justina Bustos), amiga del primario de Manuela (Violeta Urtizberea) que el resto de los personajes recién está conociendo, le proponen un juego que consiste en tener que responder a cualquier pregunta con “Cuando era chica”, por más disparatada que sea. Después de varias preguntas, Nico (Piroyansky) le pregunta algo así como: “¿Cuándo te tocó tu papá por primera vez?”. Manuela lo mira mal, Belén se pone seria, empieza a relatar una historia de tintes macabros, el tono de la película se pone grave, la cámara se acerca y, en el momento menos esperado, Belén se despacha con un one-liner perfecto que hace notar que todo fue un chiste. Ya el hecho de que la película no tenga miedo a hacer chistes con esas cosas es algo bastante meritorio pero, además, esa escena está construida de forma magistral desde la cámara, desde los diálogos, desde el sonido, y todo con el fin de hacer un chiste; apenas una muestra de cuán en serio se toma Piroyansky la comedia.

Pero, si hablamos de seriedad, otra de las cosas con la que la película se arriesga, y lo cual también la emparienta con el cine de Nicholas Stoller, Judd Apatow y similares, es que tampoco le teme a volverse drama: en un momento, las circunstancias de la película hacen que todo vire para un lado bastante triste y dramático, y Piroyansky resuelve esto con el mismo oficio con el que pone en escena la mejor de las comedias posibles.

Es probable que varios minimicen la importancia de una película como Vóley porque todos ya bien sabemos que todavía existe esta estúpida idea de que la comedia es un género menor. Pero la realidad es que aquí casi no existen películas como esta, realizadas dentro de la industria (si bien es una película relativamente pequeña, no deja de ser de Patagonik) pero con ideas, gracia, amor por sus personajes, grandes diálogos y actuaciones brillantes. Y necesitamos que existan más.