Viaje al cuarto de una madre

Crítica de Gaspar Zimerman - Clarín

En su opera prima, la española Celia Rico Clavellino explora ese momento inexorable en que la relación entre padres e hijos se parece más a una convivencia forzada que a un vínculo natural. Leonor está en un pasaje clave: con su adolescencia apenas concluida, está intentando convertirse en adulta, pero no tiene claros los caminos hacia la madurez. Su madre, Estrella, lidia con sus propios proyectos truncos e ignora cómo acompañarla en ese proceso de crecimiento.

Casi todo transcurre dentro del departamento que comparten; cuatro paredes desangeladas a las que tratan de darle el carácter de hogar, pero que más se parece a una cárcel o una pensión impersonal. En esa cotidianidad obligada, el vehículo de contacto entre estas mujeres es la tecnología: las junta el televisor, o el teléfono, o una máquina de coser, o una plancha, o una cafetera.

Pero lo que verdaderamente las une es lo no dicho: ambas están elaborando el duelo por la muerte del hombre de la casa, marido de una y padre de la otra. Que casi nunca mencionen explícitamente el tema -no sabemos cuándo ni en qué circunstancias murió- le da más fuerza a ese fantasma omnipresente. La tristeza las carcome a las dos, pero mientras una parece resignada a un inexorable marchitamiento, la otra lucha como puede contra el desasosiego.

La primera mitad de la película está dominada por el punto de vista de Leonor (Anna Castillo) y sus vaivenes: tiene la vida por delante y desconoce por dónde empezar a adentrarse en esa inmensidad. Necesita independizarse, pero es un combate sin un enemigo claro. La segunda parte tiene el eje puesto en Estrella (Lola Dueñas) y su tenue búsqueda de reconstrucción vital.

Hecha de silencios, gestos y mínimas anécdotas cotidianas, Viaje al cuarto de una madre es una película introspectiva que tiene la virtud de no recurrir al conflicto grueso para marcar la complejidad de las relaciones materno-filiales. Pese al amor que se tienen, los caminos de esta madre y esta hija -de todo padre y todo hijo, podríamos decir- deben separarse por una cuestión de salud mental.

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