Vaquero

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

Acción y reacción

Caos y catarsis son las dos coordenadas que atraviesan el universo conceptual de Vaquero, opera prima del actor Juan Minujín que inaugurara el pasado Bafici y que ahora encuentra su estreno comercial luego de un recorrido por festivales internacionales como el de Toronto.

Minujin, también protagonista, había tomado contacto con el cine detrás de las cámaras a partir de su corto Huacho y en este debut en el largometraje intenta hablar de un mundo que conoce al dedillo como el de los actores, sus hipocresías, egos, vanidades y escisiones de la realidad, que marcan un poco el rumbo de un relato tragicómico que hace del fluir de la consciencia del personaje su arma de destrucción masiva para derribar -a fuerza de verborragia y en gran parte resentimiento- un mundo de impostura, falsedad y salvaje competencia por conseguir un papel que los introduzca de una vez y por siempre en el sistema.

Ese es el anhelo de Julián Lamar (Juan Minujín), actor teatral de 33 años, que está harto de ser alternativo y de recibir elogios de un séquito minúsculo, al tiempo de sentirse bajo la sombra de su compañero de obra (Guillermo Arengo) que se lleva todos los aplausos en cada presentación. Sin embargo, Julián sabe que para entrar a las grandes ligas y transformarse en lo mismo que desprecia se debe pagar un derecho de piso -que roza la humillación- en papeles insignificantes y funcionales para lucimiento de los protagonistas ya consagrados en el ambiente como es el caso de su antagonista Alonso (Leonardo Sbaraglia) o de la protagonista femenina de un policial ambientado en los 50 (Esmeralda Mitre), con quienes comparte largas horas de su gris existencia recibiendo cachetazos; permaneciendo recostado sobre el charco de sangre falso o muriendo cada vez que un director dice acción.

Acción y reacción -a veces revursión- son reflejos innatos que en el caso del protagonista operan como elementos de disociación entre el exterior, que parece funcionar en un orden de jerarquías y el interior donde reina la anarquía del pensamiento y el monólogo interior que avanza y destruye todo lo que se interpone para dar lugar a la gradual alienación. Algo parecido le ocurría al protagonista de Taxi driver (muchas escenas suceden en el interior de un auto en paseos nocturnos), film que seguramente haya influido en el director de cierta manera más allá del lugar común de ser uno de los iconos favoritos a nivel actuación de muchos colegas.

No obstante, lo que prevalece en Vaquero es por sobre todas las cosas la subjetividad, dado que lo que vemos y oímos (la cámara vive prácticamente muy pegada al personaje en un claro intento de atosigarlo) es aquello que piensa y observa Julián, en constante contradicción, a quien la chance de participar en un western que se filmará en Argentina y será dirigido por un director norteamericano de renombre le abre las puertas para reconectarse con sus propios deseos, fantasmas, paranoias, perversiones y miedos en estado de latencia, los cuales pugnan por manifestarse y perturban su mirada de las cosas y su contacto con el entorno, incluso con esa vestuarista (Pilar Gamboa) que desnuda su sensibilidad frente a la mirada sesgada de alguien que no sabe lo que quiere.

Debe reconocerse en Vaquero una propuesta valiente en cuanto a lo que se refiere a términos de historia, donde el recurso de la voz en off se pierde a partir del cúmulo de un texto complicado, mucho más efectivo si se pudiese leer. Pero eso no anula los méritos en la puesta en escena; en el montaje rabioso y no prolijo que transmite una sensación más próxima y directa con la historia, sin dejar de mencionar la apuesta de Juan Minujín a la intuición y a la verdad de su relato, así como a la plena confianza en sus actores secundarios, donde el papel de Daniel Fanego en el rol de un padre poco afectuoso y despreciativo merece elogios proporcionales a la gran actuación de Juan Minujín, quien puede sentirse satisfecho en su tránsito por la silla de director.