Una noche en el museo 3 - El secreto de la tumba

Crítica de Pablo Sebastián Pons - Proyector Fantasma

FIGURITA REPETIDA

Shawn Levy nunca fue un elegido para la comedia. De hecho, la primera Una Noche en el Museo (Night at the Museum, 2006) junto a Gigantes de Acero (Real Steel, 2011), si bien ni siquiera rozaron la trascendencia, fueron de lo mejorcito de su filmografia. Para la progresión hacia La Batalla del Smithsoniano (Night at the Museum: Battle of the Smithsonian, 2009) y la presente secuela, Levy decidió aplicar esa ecuación tan propia del cine de Hollywood que irrita a propios y extraños: lo que sea que haya funcionado en la primera película, deberá ser multiplicado en la/s respectiva/s secuela/s. Y Una Noche en el Museo 3: El Secreto de la Tumba (Night at the Museum: Secret of the Tomb) abraza a esta lógica con tanta comodidad como facilismo.
Cuando la original traía una idea original (por ser inédita para el cine, no por la calidad en sí) en la comedia de fantasía que revisaba lúdicamente la concepción estadounidense sobre la historia propia y ajena, la segunda redoblaba la apuesta en cuanto a la cantidad de estrellas y el tamaño de la aventura (pasamos de un museo local al uno de los más grandes del mundo, el Smithsoniano) y bajaba una línea un poco más fuerte y explicita en cuanto a la interpretación de los personajes históricos.
Sin embargo, en mayor y menor medida y directa e indirectamente, El Secreto de la Tumba está marcada por un aura que versa de una manera muy sutil sobre el paso del tiempo y la sucesión de generaciones. ¿Por qué en diferentes medidas y directamente? Porque Levy explicita esto en la subtrama del futuro de Nick (Skyler Gisondo), el hijo adolescente de Larry Daley (Ben Stiller) y más hacia el final, donde a modo de despedida revisita individualmente a cada uno de los personajes. Por otro lado, tenemos el recuerdo inevitable de las recientes muertes de Robin Williams y Mickey Roonie, que en una suerte de metáfora ironica del destino parecen darle el trono de la comedia conservadora a este irregular Ben Stiller. De esta manera, El Secreto de la Tumba gana cuando apuesta a lo emotivo, género que intenta solo por momentos y que se potencia casi exclusivamente por motivos ajenos. El problema lo tiene cuando se inclina al gag físico, el carisma del absurdo (desperdiciada aquí Rebel Wilson) y la repetición incansable de chistes mediocres.
Ni Levy ni Stiller (es innegable su influencia) alcanzan una comedia efectiva, que se mueve solo por lugares ya visitados y el efectismo del chiste que alguna vez funcionó. Una Noche en el Museo termina siendo un desperdicio de tres generaciones de comediantes que se pierden en una comedia conservadora, que tiene la calidez y el confort de la previsibilidad. Pero también el tedio y la abulia decepcionante de ver que el mismo Ben Stiller que alguna vez deleitó a toda una generación con un tal Derek Zoolander crea que el chiste del dinosaurio que se comporta como perro pueda ser repetido hasta el hartazgo. Para eso hubiera tirado la blue steel.