Una casa lejos

Crítica de Eduardo Elechiguerra Rodríguez - A Sala Llena

¿Se aprende algo de las tragedias en la Argentina?

(La lluvia es también no verte)

Graciela (Stela Galazzi) es docente a la espera de su jubilación. Rodo, su padre casi octogenario (Carlos Rivkin†), es bastante resolutivo aunque ella lo trata como si fuera su mamá. En medio de esa rutina planteada con travellings de avance y retroceso, contrasta el vínculo entre él y Sabrina (Valeria Correa), una mujer que lo visita cada tanto y vive en las calles aledañas a su apartamento. Graciela cree que son pareja y Limón / Lucía, la recién nacida de Sabrina, es hija de ambos. No hay etiquetas para esta dinámica y tal vez por ello la decisión de la cámara en mano acierta en tales escenas.

Ya desde el inicio la propuesta audiovisual de Una casa lejos (2021) nos advirtió que algo siempre está fuera de alcance. Esto lo anuncia el efecto sonoro del tren en movimiento sobre las vías con la imagen todavía en negro. Y tal indicio de carencia será reiterado en varias ocasiones como cuando Graciela descuelga el retrato de Domingo Faustino Sarmiento en la oficina donde trabaja y se interesa por el rectángulo sin pintar desde hace tantas décadas. El plano general segundos después sugiere que esta profesora siempre tendrá en su cabeza lo faltante no solo en una institución educativa, también en su vida personal. Ese tipo de plano se repite en el cierre de la obra, cuando ella al aire libre ve fuera de campo. Esto puede sugerir que al menos los espectadores conseguimos junto al personaje un plano lleno de sentido a pesar de aquello faltante.

Así Mayra Bottero quiere mantenerse a medio camino entre los problemas sociales y las complicidades comunitarias. La realizadora de esta obra que estrena hoy en salas comentó hace unos días en una entrevista el frecuente desprestigio hacia el melodrama, género donde ella ubica su obra. Si tomamos la reflexión del escritor mexicano Carlos Monsiváis al respecto*, cabe también considerar la pregunta del sociólogo Jesús Martín-Barbero “hasta qué punto el éxito del melodrama en estos países [latinoamericanos] habla del fracaso de unas instituciones políticas […] incapaces de asumir su densidad cultural?”.

Para Mayra la respuesta al menos ficcional de ese fracaso puede ser la solidaridad entre los personajes. Ella le da relevancia a la complicidad social como lo hizo en su obra anterior La lluvia también es verte (2016) en torno a la tragedia en el local República Cromañón donde murieron 194 personas en 2004. Allí ella y su equipo reconstruían el accidente a partir de los testimonios de supervivientes y la voluntad de justicia y superación de agrupaciones ciudadanas.

Ahora en su segunda obra podemos decir que Bottero replantea las preocupaciones sociales de los protagonistas a través de lo simbólico del plano y cierta estilización actoral. Las diferencias de ambas películas estarían en las decisiones técnicas de los montajes realizados por Valeria Racioppi quien aquí además hace un cameo como enfermera de guardia. Allá los cortes y los testimonios marcaban el sentido, aquí lo hacen los planos y lo no dicho.

Aquellas actitudes solidarias que protagonizaron un cambio social en su ópera prima y en la historia reciente del país; pueden verse aquí en Rodo, y también con Graciela y Silvia (Alicia Muxo), su amiga del colegio y compañera de trabajo. Cierta rigidez del elenco en la manera de decir sus líneas distrae lo cálido de sus gestos. Pero la puesta en escena resignifica esos detalles para también hacernos sentir que si bien hay presentes temas sociales, lo relevante es la ilusión de circunstancias amistosas o personales para tantear esa casa lejana a la que Graciela quiere mudarse.

Al final a ella le bastará la sensación de hogar presente entre quienes la acompañan sin necesidad de un afecto sexual. Otro ejemplo concreto de tal expectativa de casa está en el diseño de arte como la figura azul del globo aerostático en el buzo de Graciela cuando carga a Limón, la recién nacida de Sabrina. En la toma siguiente, su hija duerme con la cabeza apoyada en un cojín estampado con globos coloridos.

En conclusión, no es casual que tanto en esta obra como la anterior, Mayra grabe a sus personajes en varias escenas delante de rejas, como si se sobrepusieran a las limitaciones sociales a pesar de tanta desolación institucional. En ese sentido Rodo se presenta aquí como el ser más solidario, a pesar de sus muchas torpezas como padre. Es él quien acompaña y apoya a Sabrina en su vida de calle. Y es él quien hace un cuarto para una niña que no es su hija ni nieta. Probablemente sea él el personaje más solitario de la obra lo que hace más amargo y significativo el hecho de que Rivkin, también activo en su vida profesional, no haya podido ver terminada esta película. Hay carencias imposibles de subsanar.

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