Un año de danza

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

REENCUENTRO DE PULSIONES

Y después de tanto tiempo, las pulsiones apolíneas y dionisíacas volvieron a encontrarse uniéndose en tanto recíprocas y complementarias. Por un lado, la enseñanza del ballet regido por la técnica y el virtuosismo de la academia del teatro Colón; por otro, las emociones, expectativas y deseos de los niños que se postulan una o varias veces para entrar y de los familiares que los acompañan; el recorrido puertas adentro de un año de clases que intenta desmitificar algunos supuestos sobre la exigencia, la rigurosidad, la competencia extrema y el olvido de la niñez para triunfar.

Para lograr ese vínculo, Cecilia Miljiker trabaja dos grandes ejes. El primero tiene que ver con el cambio permanente de los puntos de vista desde un comienzo sobrio con los datos duros sobre la cantidad de chicos que se postulan y buscan pasar las pruebas, las audiciones, la reiteración de las posturas y pasos, el primer acercamiento con los docentes y el ejercicio de danza libre que, curiosamente, es el que más desconcierta a los aspirantes hasta que la formalidad se torna euforia o dolor por saber quiénes lograron pasar. Los testimonios de los niños y de las madres o la abuela descontracturan la armonía y el control de la enseñanza diaria, sobre todo, gracias a la naturalidad de cada uno frente a la cámara.

El otro trabaja la escolaridad en múltiples sentidos. El foco central despliega la cotidianidad de la vida académica desde los docentes, la presentación de las materias, el avance a lo largo del tiempo, el desarrollo de los vínculos entre los chicos, el ensayo para la muestra final y su realización. En paralelo, el estudio regular de cada uno ya sea presencial, libre o a distancia debido a la fuerte carga horaria y al desgaste físico. Hay dos temas que surgen de los testimonios y quedan al pasar: las escuelas que no abarcan a los bailarines desde lo pedagógico o las posibles discriminaciones de compañeros fuera del ámbito artístico. De hecho, el hermano de uno de ellos comenta que lo maltrataban por eso y gracias al cambio de escuela dejó de ser molestado. Tal vez, la incorporación de una voz autorizada, entidad, estrategias o algún proyecto que eviten la violencia o ampare a quien la recibe contribuiría a darle visibilidad, tratamiento y profundidad a una cuestión tan arraigada como arcaica.

Un año de danza, entonces, rinde homenaje a una institución reconocida a nivel mundial, a quienes mantienen su legado y la vuelve más amplia, asequible. Porque no se trata sólo de conseguir el control de cuerpo, establecer un orden y exaltar el virtuosismo, sino de movilizarse por los propios deseos, de optar por caminos, de un pasaje, de recorrer el mundo, de hacer amigos, en sí, de la vida.

Por Brenda Caletti
@117Brenn