Transformers: el despertar de las bestias

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

"Transformers: el despertar de las bestias": chatarra 

Los enfrentamientos de largo aliento temporal no son potestad exclusiva de los seres humanos, como demuestra el que hace unos siete mil años vienen sosteniendo, aunque con largos periodos de pausa en el medio, los Terracons con los Autobots y los Maximals, tres de las tantas especies que provienen de otro planeta y son capaces de adquirir fisonomías similares a las de múltiples vehículos o animales terrestres. Claro que si lo humanos pelean por ampliar o defender sus territorios, por hacerse de recursos naturales ajenos o porque el dios de un bando asegura que lo que pregona el dios del enemigo está mal; aquí la guerra se desata por algo un tanto más trascendental. Lógico: nada puede ser de escala pequeña en Transformers: el despertar de las bestias, nueva entrega de la saga creada en 2007 por Michael Bay y basada en la popular línea de juguetes, que a lo largo de estos quince años ha mantenido su status quo chatarrero y grasoso proponiendo una sinfonía de ruidos de chapas chocando. Chapas que, a diferencia del radicalismo, se doblan y se rompen.

El motivo del conflicto es uno de esos elementos mágicos que suelen manotear los guionistas de Hollywood –sobre todo si se trata de una superproducción como ésta– cuando necesitan una excusa para plantear una serie de enfrentamientos con altísimo poder destructivo. En este caso, una piedra con la capacidad de abrir un portal de espacio-tiempo, como dice alguien por ahí. Piedra que, luego de una batalla entre los dos bandos unos siete mil años atrás, permanece escondida vaya uno a saber dónde. Hasta que una joven empleada del museo (Dominique Fishback), en 1994, encuentra una porción camuflada en la estatua de un ave que lleva una inscripción que ni siquiera ella, experta en jeroglíficos, puede leer ni interpretar. Pero cuando se encuentre con Noah (Anthony Ramos), que no tuvo mejor idea que robar un Porsche que terminó poniéndose en dos patas y hablándole, las cosas empezarán a cobrar sentido. O al menos todo el sentido que puede tener una lógica con reglas permeables a modificarse ante cualquier necesidad narrativa.

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Con gran parte de su “elenco” integrado por criaturas que existen solo en la memoria de una computadora, la película traslada a los robots y al par de humanos, involuntarios aliados de Optimus Prime y compañía, hasta Perú, donde supuestamente quedó enterrada la otra mitad de la piedra. Si esa mitad cae en manos de los malos, adiós mundo. Comienza entonces el acto central de un film que, más allá de ese lapsus de sagacidad arqueológica propia de Indiana Jones, encadena escenas de acción con los gigantes de acero como grandes protagonistas. Entre medio, las inevitables frases grandilocuentes de Optimus Prime, al que Ron Perlman le imprime una voz similar a la de Liam Neeson locutando un documental sobre la magnificencia del universo. Algunos ¿vehículos?, en cambio, hablan con un slang propio de la comunidad afroamericana, quizás lo único parecido a una huella personal que logró colar el director Steven Caple Jr.