Tournée

Crítica de Diego Faraone - Denme celuloide

Mujeres de verdad

Mathieu Amalric es un reconocido y brillante actor francés, nada menos que el protagonista de La cuestión humana de Nicolas Klotz, el actor fetiche de Arnaud Desplechin (Reyes y reina, Un cuento de navidad) y hasta el villano de turno en algún tanque norteamericano (007:Quantum of Solace). También, para personas un tanto excéntricas -sobre gustos no hay nada escrito- un auténtico galán. Aquí Amalric dirige y protagoniza esta historia, en la que él es el productor de una troupe de strippers del llamado "nuevo burlesque", subgénero que surgió en los años noventa en los Estados Unidos como un intento de reflotar la parodia del antiguo burlesque y aplicarla a temas sociales y políticos, pero con un importante grado de contenido erótico y sexual. Las mismas bailarinas en esta película definen a su espectáculo como un show de mujeres hecho para mujeres, y su desempeño sobre las tablas es cuando menos excéntrico. Ellas escapan sobremanera a los estándares dominantes de belleza y a lo que podría pensarse como inherente a un show de striptease: varias de ellas exceden la juventud habitual y son mujeres grandes, corpulentas, voluptuosas. El carisma, la simpatía, la presencia y el desenfado para desenvolverse en los números musicales son los atributos que convierten a sus shows en algo luminoso, y al mismo tiempo en un espectáculo que parece bordear permanentemente el kitsch, cuando no se sumerge completamente en él.
Como en Luces del varieté de Fellini o Noches de circo de Bergman, se sigue a un grupo circense en su cotidianeidad, en su gira a través de las ciudades, en un atractivo trajinar que es al mismo tiempo un trabajo y una forma de subsistencia. El protagonista, un outsider francés que fracasó en iniciativas televisivas y parece haber cosechado más odios que amores en París, probó suerte en los Estados Unidos, y tras reunir a talentosas chicas en pubs de los Estados Unidos y consolidar su propia cuadrilla, comienza a recorrer las ciudades de Francia. Es en este retorno a su país natal que se reencuentra con sus hijos, con la gente a la que abandonó, con una exnovia ofendida y familiares que lo desprecian. Amalric logra esbozar un personaje cuestionable pero querible, un padre ausente y omiso pero también cariñoso, un bon vivant egoísta que asimismo sabe promover la unidad y transmitirle amor y confianza a su equipo. Más que centrarse en el exotismo de los espectáculos, se busca plasmar la cotidianeidad de un pequeño grupo y su interacción, dando cuentas de una existencia que oscila entre la euforia y la insatisfacción, entre el glamour y el patetismo. Como los grandes autores, el director no evita las ambigüedades e insufla humanidad a sus personajes, de modo que podamos vernos reflejados en ellos. Y compone, con buen ritmo y una puesta en escena notable -que le valió a Amalric un premio a mejor director en Cannes- una comedia dramática que provista de los altibajos y los vaivenes emocionales de la vida misma.