Top Gun 2: Maverick

Crítica de Alejandro Franco - Arlequin

¿Puede la secuela de una película cool y calentorra – orientada a adolescentes – convertirse en uno de los mejores blockbusters de la historia, aún cuando llegue con 36 años de demora?. La respuesta es un rotundo si. Y si hay medallas para repartir, todas debe ir – con justa razón – para Tom Cruise. Si Top Gun: Maverick termina por refrendar algo es que Cruise – con subrayado y mayúsculas – es la mayor estrella de la historia del cine. A los 60 años el tipo no sólo sigue siendo un imán de la taquilla – muchos monstruos que surgieron en su época cayeron en la desgracia hace décadas -, sino que es un actor excelente y un productor brillante. Si la primera Top Gun era un pastiche de viejas películas de guerra mezclada con patriotismo a la enésima potencia, sexismo y una banda sonora ardiente, la actual secuela es un filme infinitamente superior y uno que te invita a verlo una y otra vez. De nuevo son los aviones. De nuevo son las tomas cool y la música genial. De nuevo es Cruise irradiando carisma. Pero es vez de patrioterismo barato tenemos a un héroe enfrentándose al retiro; tenemos deudas emocionales del pasado que son profundas y deben pagarse ahora, y tenemos una misión suicida a la cual no hay vuelta posible. En todos los escenarios y alternativas posibles alguien del equipo va a morir. Y, para colmo, el hijo de su mejor amigo (el fallecido Goose) integra el escuadrón que él mismo ha formado.

Que a nadie le extrañe que Top Gun: Maverick genere una candidatura al Oscar para Cruise. Este no es el enano bobo que se reía todo el tiempo y fanfarroneaba con sus lentes de sol, sus músculos y su moto asesina. Este es un rebelde que ha entrado en la madurez, que ya no tiene cabida en el sistema – es un dinosaurio en la época en donde los drones, los satélites y la guerra a control remoto controlan la batalla -. Ya no se precisan habilidosos, solo gente en un cuarto manejando robots con joysticks. Pero Maverick siempre tiene un motivo para volver: empantanado como capitán y piloto de pruebas, su rebeldía es perdonada debido al hada madrina de su antiguo enemigo devenido mentor y compañero del alma – un sentido cameo de Val Kilmer que le da la posibilidad de ponerle un broche de oro a su carrera y su compleja situación de salud -. No es de la partida Kelly McGillis (que se ve actualmente como la abuela de Cruise a pesar de tener muy poca diferencia de edad) sino que el libreto se prende a una historia contada al pasar en el original de 1986, en donde Tomás Crucero se había metido con las faldas de la hija de un prestigioso almirante, lo cual lo convirtió en un paria errante dentro de los distintos cuerpos de la aviación naval. Acá ese objeto del deseo es Jennifer Connelly – veterana, hermosa, deseable – y allí, en ese reencuentro con viejos lugares y viejos amores, quizás el nómade rebelde pueda sentar cabeza después de tantas décadas. Pero todo tiene un precio: hay que destruir un arsenal nuclear en lo que parece ser la trinchera de la muerte de Star Wars – falta que alguien en off diga “confía en la Fuerza, Maverick” – ya que hay que volar a ras de tierra por un cañón lleno de curvas brutales y rodeado tanto de misiles tierra – aire como de cazas de super-recontra-ultra-generación. Un caza moderno no sirve, no permite un vuelo artesanal a la vieja escuela; hay que ir con F-18s – los cuales no son rival para los cazas enemigos ultracomputarizados… ¿o si? – y salir pelando papas ya que, si podés detonar el objetivo, media fuerza aérea enemiga va a dispararte con toda la artillería que tenga a mano.

Si Cruise se roba la película es porque actúa. El tipo está en un punto de quiebre. Llora, lamenta errores antiguos, ve venir la muerte frente a frente. Su sonrisa no oculta el dolor ni el miedo. A eso se suma que Cruise vuela – no importa que vaya como co-piloto en un avión real y sólo haga la mímica del piloteo; los giros que hace el F-18 son brutales y es el actor el que se come la enorme cantidad de fuerza G de la cabina (nada de CGI!) -. Es un tipo comprometido a darle el 150% a su público. Y lo logra con creces.

Top Gun: Maverick no tiene ni un solo punto flaco. Está llena de momentos admirables, cómicos, tristes, emotivos. El director Joseph Kosinski amenaza con una remake – la música de Kenny Loggins se repite, las tomas de despegues, Cruise corriendo con la moto por una carretera con un F-18 de fondo -… y ése hubiera sido el camino mas fácil… pero no: Cruise exigió profundidad dramática y eso hace que el filme se sienta diferente completamente. La nostalgia te invade los primeros cinco minutos, luego el filme toma su camino y, en la segunda mitad, hace algo completamente nuevo y excitante.

Top Gun: Maverick es de esos filmes que hace historia, simplemente porque no cansa. Podés verlo 50 veces y emocionarte 50 veces, y sentir los pelos de punta otras 50 veces. Es un monumento a la altura gigantesca de Tom Cruise como supremo showman y brillante hombre de negocios. Una secuela filmada décadas atrás no hubiera tenido el mismo impacto emocional. Y lo mas probable es que haga escuela así que esperen una tanda enorme de secuelas ultratardías de hitos juveniles de los 80s, porque estamos en la era en donde todas las IPs – aún las mas caducas – se reciclan eternamente para compensar los rojos que dejó la cuarentena mundial por el Covid. Claro, habrá muy pocas que lo harán con la brillantez y esmero como Cruise y su equipo de creativos han aplicado aquí en toda su gloria.