Tomorrowland

Crítica de Shaoran Nox - La Cinerata

Brad Bird es un director joven que ha sorprendido al mundo con sus películas. Desde los increíbles y Misión Imposible: Protocolo Fantasma, quizá no sean filmes que aspiren a los mejores premios, pero cumplen con el propósito de entretener y de un producto bien hecho, bien logrado y con historias que son capaces de gustar a las audiencias.

Tomorrowland es su más reciente proyecto de la mano de Disney. En él, conocemos a Frank, un niño ilusionado con comerse el mundo a través de la tecnología, pero que cuando crece aprende algunos secretos que le hacen olvidarse de esa magia, y de Casey, otra soñadora que cree que el mundo aún puede cambiar si todos nos lo proponemos. Y es este el principal mensaje del filme que quizá para algunos peque de optimista y por ello desmerezca las buenas críticas que tiene. Ambientado sobre todo en un mundo real, en el que todas las noticias del día a día parece que gritan que estamos al borde de la extinción, tanto por los fenómenos de la naturaleza (cambio climático, desastres naturales, etc.) como por eventos humanos (guerras, desigualdad social, contaminación, etc) y que a pesar de ello, seguimos empeñados en no darnos cuenta que vamos camino al abismo. Todo esto es algo que la película trata y es un mensaje ciertamente peligroso que no todos podrán entender (especialmente los niños, en definitiva está muy lejos de ser una película infantil), pues el optimismo que irradia el filme es de dar el mensaje de esperanza no sólo de nunca rendirse, sino de que aún podemos cambiar

nuestro futuro.

La manufactura visual es excelente e impecable. No nos sorprendería que en unos meses merezca nominación al Oscar en efectos especiales. Y al mismo tiempo tiene mucho de las antiguas películas de Disney: un guión simple que no va más allá de las consecuencias de lo que está contando. Y en ese sentido, pierde en el desarrollo de los personajes en el afán de remarcar una y otra vez lo positivo de la historia: si nunca te rindes, podrás conseguir lo que quieras. Y siendo honestos, a veces necesitamos que nos recuerden eso: nunca hay que claudicar.