Tomorrowland

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

La voluntad de los que sueñan

“Tomorrowland” es una obra exótica en el horizonte cinematográfico actual, como resultado de la cruza de varios discursos y mitemas. Y es más exótico que la Fábrica de Sueños albergue esta peculiaridad (o no tanto, siendo que propició revisionismo de su mitología en “Maléfica”, por ejemplo).

En algún punto, es una película de Disney: se siente la presencia desde el propio título, que es el de uno de los parques en los que la empresa del tío Walt reflejó su visión optimista del futuro (que aparece plena en la Exposición de Ciencias de 1964): entre la estética steampunk de Jules Verne, las ideas de Nicola Tesla y el “todo eléctrico” de los ‘50, el mundo paralelo hipertecnológico tiene ese aire de vieja utopía de cielos claros, trencitos magnéticos y gente volando en dispositivos individuales.

También responde a una estructura “de manual”: historia ATP (o casi) con héroes infantojuveniles y villano adulto, persecución, crescendo argumental y clímax de batalla final.

Pero todo eso tiene un contrapeso: la utopía choca con la ideas distópicas del nuevo milenio (con la inminencia de catástrofes geoclimáticas irreversibles), la visión de un mundo forjado por científicos se parece a las ideas que Peter Joseph mostró en “Zeitgeist: Moving Forward”, basadas a su vez en Jacque Fresco (quien soñó ciudades radiales rodeadas de campo, por cierto).

La concepción del “niño envejecido en este mundo mientras el otro declina” puede recordar un poco a la “Hook” spielbergiana; por su parte, la interesante Athena es una mezcla del T-800 de “Terminator 2” con algún personaje aniñado del animé al estilo Clamp, mientras que sus rivales recuerdan por momentos al T-1000 y en otros al agente Smith de “Matrix” (pero en versión jocosa).

Juego narrativo

Con todo ese cóctel, Damon Lindelof y Brad Bird (también director de la cinta) hicieron una película familiar (aunque sea SAM 13). Pero contemos un poco de qué estamos hablando: ya desde el vamos nos meten en un presente que no será el de la historia, otro juego narrativo. Así se nos introducen los dos protagonistas: el primero es Frank Walker, ex niño inventor reclutado en 1964 por una misteriosa muchachita para sumarse al mundo de los Plus Ultra, un lugar fuera de esta dimensión desde donde se soñaba una utopía para nuestro mundo. La segunda es Casey Newton, hija de un ingeniero de la Nasa, a punto de quedar desocupado por la desactivación de Cabo Cañaveral (clara imagen de la caída de los sueños espaciales). Ella es la última recluta de la niña pecosa, sólo para descubrir que ese mundo de soñadores ha caído en desgracia en manos del gobernador Nix.

Casey es la clave: Nix y Frank, cada uno a su manera, se han vuelto pesimistas con respecto a la humanidad; pero la muchacha rezuma optimismo, y por ahí pasa el centro de la historia. Con algunas explicaciones técnicas, el mensaje es claro: el pesimismo y el optimismo pueden transmitirse a las sociedades; por ende el voluntarismo de los que crean en la humanidad es el mejor camino de salvación para la misma. Como Casey aprendió de su padre: “Hay dos lobos que se enfrentan: uno es la oscuridad y la desesperación, el otro la luz y la esperanza. ¿Cuál ganará? Aquel que tú alimentes”.

Equipo salvador

La película es visualmente bonita y luminosa, alimentada por los efectos especiales de Industrial Light & Magic, la compañía que supiera crear George Lucas (hay también un homenaje a “Stars Wars”, ahora que la franquicia pertenece a Disney). Y como dijimos, el relato está bien escrito y bien llevado desde la dirección: en la base hay una película de ésas de cuando éramos más niños e inocentes (como sociedad, incluso). Pero es la capa de significaciones la que la pone interesante. Y las actuaciones, por supuesto, concentradas en un elenco reducido y solvente.

Empezando con el siempre rendidor George Clooney como Frank, prolijo en su rol de “vicehéroe”. La ascendente Britt Robertson (que fue heroína romántica veinteañera en “El viaje más largo”) es creíble como una Casey adolescente, curiosa y aventurera. Hugh Laurie, maestro en caras de malhumor y misantropía cuando fue el doctor Gregory House, está comodísimo en el rol de Nix. Pero quizás la revelación sea Raffey Cassidy como Athena, un personaje que se mueve entre la acción pura, el humor y el sentimiento (ella es la clave en la historia de Frank).

Como secundarios, aparecen el cantante folk Tim McGraw como Eddie, el papá de Casey; el paso de comedia violenta de Kathryn Hahn y Keegan-Michael Key en la tienda de memorabilia, y Thomas Robinson como el Frank niño, protagonista de varios flashbacks. Junto a ellos, un toque de gracia de Pierce Gagnon (Nate, el hermanito de la heroína) y Matthew MacCaull (el androide con cara de presentador de televisión).

Así se monta un viaje en reversa desde nuestras ideas sobre el futuro a las que teníamos cuando el mundo era más amigable... pero una reversa para tomar impulso y proyectarse hacia adelante.