Terror en el bosque

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

El miedo en la era de la GoPro

Hace 16 años, Eduardo Sánchez fue parte de una pequeña revolución. “El proyecto Blair Witch” sacudió el mundo cinematográfico con su bajo presupuesto y su premisa de contar la historia a través de las found tapes (cintas encontradas): aquellos exploradores sufrían su miedo ante las cámaras portátiles y el terror estaba en lo que no se veía, en lo que estaba fuera de foco, en la sacudida de la imagen que, según el tremendismo de algunos medios, iba a llevar a los espectadores al mareo y al vómito.

A partir de ahí, la línea de trabajo de las found tapes anduvo cerca del terror y el thriller psicológico (por ahí estuvo la saga de “Rec”, dirá algún fan), aunque el terror estuvo dominando por los japoneses y sus fantasmas goteantes en la era post “Scream”. Las found tapes encontraron un problema: es un gran desafío contar todo desde las cámaras subjetivas de los personajes. Quizás una de las mejores experiencias sea “Cloverfield”, entre la brutalidad de la bestia y la belleza de la historia oculta en la grabación previa de la cinta... algo que en la era del video digital es imposible por cómo funciona el sistema.

Por esa dificultad, muchas veces se juega con el mix de cámara subjetiva y “narración onmisciente” (“la cámara que no se ve”): así surgió por ejemplo la saga de “Actividad paranormal”, que aprovecha la posibilidad del video digital de grabar una habitación durante toda una noche.

Pero estamos en la era de YouTube, lo cual facilita la explicación de por qué alguien tendría prendida una cámara en un momento de peligro. A ese verosímil ayuda también la aparición de las cámaras deportivas, con GoPro como marca fundamental, nacidas para usarse en deportes extremos y acuáticos, pero que han entrado con su estética de fijación y gran angular a los videoclips y otras producciones. En este juego, entre las nuevas estéticas y un dispositivo de época que se torna central en el relato (pensemos cuando salió “Celular”), tenían que dar el salto al cine.

Lo obvio y lo nuevo

En la estructura narrativa, la base es clásica en el terror a la americana: un grupo de jóvenes despreocupados se embarca en su jolgorio hacia lugares alejados y desconocidos. Como en “Sé lo que hicieron el verano pasado” atropellarán “algo” por ir paveando en auto a la casa del bosque de un tío de dos de ellos, que curiosamente no deja que nadie vaya allí. Ya los títulos de entrada (otra cosa que se está volviendo común en el género, que suele meternos en tema) hablan del Sasquatch o Piegrande, así que ya venimos prevenidos.

Los muchachos son un grupo mixto de cinco (impares, ya estamos mal): la parejita de Dora y Matt, la de Todd y Elizabeth (él negro, ella pelirroja, escena hot... carne de cañón para cualquier monstruo o asesino): y Brian, el hermano de Matt, fanático de las cámaras (profesionales, handycam y obviamente GoPro) y de viralizar cualquier cosa que pueda capturar. Él está destinado a ser el ojo subjetivo, así que muchas veces estará fuera de campo pero llevando la acción.

La cosa viene medio sospechable, hasta que el grupete empieza a ser asediado por lo que, a todas luces, es un Sasquatch. Ahí, la cuestión se pone medio tradicional, aunque habrá un par de giros argumentales para sorprender en el final.

Terror difuso

En general, los chicos despreocupados prestos a ser asesinados o salvarse con las uñas no suelen ser personajes que consagren actores. Sí, Neve Campbell la pegó con la saga de “Scream”, y al cuarteto de “Sé lo que hicieron el verano pasado” (Jennifer Love Hewitt, Sarah Michelle Gellar, Ryan Phillippe y Freddie Prinze Jr.) no le fue nada mal, pero son excepciones (Heather Donahue de “El proyecto Blair Witch” tuvo su momento de gloria).

En principio parece que este grupete de amigotes no recibirá un impulso especial, pero ahí están, llevando la historia, Chris Osborn (Brian), Dora Madison Burge (Dora), Samuel Davis (Matt), Roger Edwards (Todd) y Denise Williamson (Elizabeth). Después de todo, tampoco tienen mucho para hacer más que pelear, gritar o morirse, cuando la cosa se pone peluda... literalmente.

Lo que hace andar a este relato un poco tradicional (cosa que no impide que funcionen las cintas de este ramo, así que el guionista Jamie Nash puede dormir tranquilo) es justamente el juego visual, que pasa de la narración externa a cada vez más imágenes de las varias cámaras de Brian y sus amigos. Ahí volvemos al terreno que dijimos antes: a la criatura se la “sospecha” más de lo que se la ve, entre el follaje, el fuera de foco y el verde de la visión nocturna.

De ese modo, Sánchez logra llevarnos al escenario que lo consagró, en una era donde se vuelve más verosímil pero al mismo tiempo menos sorprendente. Quédese tranquilo, amigo lector: su vecino de butaca no vomitará sobre usted. Y si siente que está en peligro, apriete el botón de “rec” antes de salir corriendo.

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