Terror en el bosque

Crítica de Ernesto Gerez - A Sala Llena

Mitología americana con pulso punkrock.

La premisa de Terror en el Bosque es fabulosa. Merece ser vista sólo por el hecho de que alguien relativamente consagrado en el cine de horror tuvo los cojones para hacer una película sobre Sasquatch. Y digo que hay que tener agallas y no sólo una mirada marketinera para hacer una película como ésta porque se basa en una idea que te puede dejar en ridículo fácilmente, una idea así se regala de movida a la crítica carnicera intelectualoide. Claro que la premisa es la nada misma, el guión desaparece una vez que se materializa y tu monstruo se puede transformar en un muñeco del trencito de la alegría. Pero no es el caso de la película de Eduardo Sánchez, también director de aquella perlita de fin de siglo llamada The Blair Witch Project, no pionera en términos estéticos -siempre se ningunea al cine mondo y al experimento nerd de Alien Abduction cuando se habla de antecedentes del falso found footage- pero sí fundamental para el subgénero por la plata que recaudó y por su poder narrativo a pesar de lo acotado de las locaciones, del presupuesto e incluso de la temática. Al igual que en aquella, Sánchez consigue como pocos, poquísimos, artesanos del falso found o del horror de cámara en mano, obtener un pulso narrativo que deja al espectador interesado en todo momento reemplazando la falta de sorpresa por un suspense paranoide en estado salvaje y diurno, apoyado y ayudado por la corta duración.

El camino es el visto mil veces, la originalidad nos tiene sin cuidado: los chicos están de vacaciones, fuman porro, se divierten y se asoma de a poco el verdugo de la diversión juvenil, la parca conservadora antijoven que pone en su lugar al imberbe liberal deseoso de sexo y escabio. Como no estamos ante una slasher, no hay asesino serial ni culto al tramontina, y aquí el horror se acerca un mínimo al terror ecológico. En algún momento se aclara que el Sasquatch es buena onda pero si lo jodés te fulmina. El Sasquatch, entonces, es un buen tipo; Los Brujos lo sabían, por eso en su mítico disco San Cipriano cantaban en uno de sus temas más representativos: “…él es mi amigo, él es Sasquatch y yo lo quiero…”. El peludo es algo primitivo, tiene un aire a Robert Trujillo y vive tranquilo en el bosque donde los mocosos van a molestar, y a partir de ahí se genera la venganza del dueño real del hábitat que quiere conservar sus dominios y propiedades ante el avance del mundo de las cámaras GoPro y la felicidad hi-tech en clave neohippie. De allí se desprende la posible lectura ecologista y de venganza pero sin ser lo que pesa, lo principal de la película es su virtud de entretener con poco, la fé en la sinceridad del relato, en las historias directas donde las cartas se muestran desde los primeros cinco minutos y no hay engaños al espectador ni vueltas de tuerca innecesarias ni necesidad de diálogo explicativo. Este cine de horror puede ser análogo a un buen tema punk: corto, directo, gastado, efectivo y popular.

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