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Terminator Génesis

Crítica de Adrián Kaplan Krep - A Sala Llena

Y de golpe uno se encuentra de nuevo en ese 1984 que James Cameron creó (aunque no es el mismo) para Terminator: sucio, con humo, reventado. Pero humano. Original, por sobre todas las cosas. Aparece Kyle Reese pero no es el Kyle Reese que conocíamos de aquella época: flaquito y con cara de loco. Este es otro: cara de bonachón, mirada cálida y en extremo musculoso. Lo vemos llegar a ese 1984, lo vemos toparse con el linyera, lo vemos preguntar la fecha, el día y el año en que se encuentra. Lo vemos hacer todas esas cosas pero no estamos viendo Terminator. Estamos viendo algo que, primero, no sorprende en absoluto porque ya se hizo hace 31 años. Estamos viendo Terminator Génesis. En ella, John Connor (Jason Clarke) decide enviar al pasado a Kyle Reese (Jai Courtney) para proteger a su madre, Sarah Connor (Emilia Clarke), de todo lo que ya sabemos que pasa en la primera película. Lo envía, también, para destruir Skynet antes de que se forme como tal. Algo falla en la máquina del tiempo al momento del viaje y Reese es enviado, de hecho, a 1984 pero no al que todos recordaban sino a un universo paralelo de ese mismo año, en el que la joven Sarah ya se conocía con el Terminator de Schwarzenegger desde que ella tenía nueve años. Y no sólo eso: él es casi un padre para Sarah. Todo muy raro. ¿Y quién es el malo? Porque cada Terminator tiene un antagonista emblemático y, en principio, imposible de vencer. Bueno, el mismísimo John Connor, el cual es modificado por las máquinas en el futuro y enviado al pasado a detener los planes de Reese y compañía. Nada nuevo bajo el sol.

Cada paso que da la película puede ser previsto cinco pasos antes. El esquema de guión de acero (dícese de aquel guión o estructura de guión que no puede ser modificado por nada del mundo) se lleva adelante y cumple con todos los requisitos que el género exige: cada veinticinco minutos -clavados- hay un giro en la trama, peleas, persecuciones, dramas de novela de la tarde, más peleas, más persecuciones, la pelea final y la resolución.

Algo a favor: la película es dinámica. Las escenas de acción son buenas. El montaje es prolijo y ayuda a que la acción sea fluida. Hay una versión, al principio de la película y recreada por CGI, del Terminator de Schwarzenegger de 1984 que lucha con una versión mucho más avejentada de sí mismo, lo que sorprende para bien. Más allá de eso, a Arnold mucho no le cuesta hacer de T-800. Hasta le hacen repetir, en esta película, las escenas de Terminator 2 en las que el joven John Connor le enseña a reír.

Hablar de que Hollywood ya no tiene ideas es una discusión vieja. Y no solo es vieja. Está comprobado y la prueba empírica es (junto con muchas otras) esta película. El criterio de “universo paralelo” podría ser utilizado para hacer de nuevo cualquier película que se les ocurra. Lo único que tienen que hacer es escudarse bajo esa premisa, con lo cual, tranquilamente, James Cameron podría rehacer Titanic pero en un universo paralelo, en el que el barco le pasa cerca al iceberg y llega a destino sin mayores complicaciones.

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