Temporada de caza

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

CRUCE INVERNAL

Una cámara viva, en mano y movediza, acompaña el sobresalto de las chicas por los gritos del otro lado del campo de deportes. ¿Qué pasa? Hay un círculo de adolescentes que agitan, vitorean, aplauden a los dos del centro que no paran de golpearse. Finalmente los separan, pero queda la evidencia de la lucha: la sangre en el rostro, la hinchazón por los golpes, la mirada desafiante, la adrenalina. Luego se replica la lógica con dos ciervos que luchan con sus cornamentas en un bosque. Estas pequeñas riñas manifiestan lo que será la premisa central de la ópera prima de Natalia Garagiola: la puesta en marcha de la temporada de caza en todas sus facetas.

Porque más allá de ser el título de la película, dicho momento se torna la metáfora del vínculo entre Nahuel y Ernesto, un hijo adolescente porteño y un padre desconocido que vive en el sur de Argentina, que deben juntarse por razones irremediables. En consecuencia, el reencuentro adquiere algunas de las características propias de los cazadores tales como la mirada sagaz, el conocimiento, la paciencia, la habilidad o la pasión; todos los condimentos que la directora despliega a partir de la salida de Nahuel de Buenos Aires –tras la expulsión del colegio por los comportamientos violentos–, el arribo a Chapelco, la espera por Ernesto y la observación escondida de éste en la camioneta durante tres horas de intenso frío.

De esta forma, los primeros minutos de Temporada de caza parecerían esbozar un preámbulo del relato, una guía de fragmentos, detalles y elipsis (como el video que mira Nahuel en el celular del que sólo se escuchan risas), que inicia de manera efectiva luego de ese primer encuentro entre padre e hijo en medio del invierno crudo e inhóspito, y con el desarrollo interior de ambos personajes.

Frente a una temporada que aparenta recrudecerse a cada instante, la verdadera proeza es hallar un posible lazo entre ambos y por sobre todas las cosas liberar la carga que cada cual conlleva consigo mismo y con el otro. Es cuestión de pararse de la manera correcta, colocar los brazos en posición, observar por la mirilla y aprender a respirar pausadamente hasta aguantar la respiración. Tres, dos, uno. Disparo.

Por Brenda Caletti
@117Brenn