Tár

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

Si hay algo que no puede decirse del californiano Todd Field es que sea un director prolífico. A los 58 años, ha estrenado apenas tres largometrajes: En el dormitorio / In the Bedroom (2001), film con Tom Wilkinson, Sissy Spacek y Marisa Tomei nominado a cinco Oscar; Secretos íntimos / Little Children (2006), película con Kate Winslet, Jennifer Connelly y Patrick Wilson candidata a tres premios de la Academia; y ahora, luego de 16 años de ausencia, Tár.

El título hace referencia a Lydia Tár (Cate Blanchett), discípula de Leonard Bernstein, una de las pocas EGOT del planeta (ganadora del Emmy, el Grammy, el Oscar y el Tony) y considerada por lo tanto una de las mejores directoras de orquesta en un (otro) universo claramente machista (incluso a las mujeres se les dice “maestro”). A fuerza de talento, convicción y perseverancia y no sin antes sortear gran cantidad de prejuicios y techos de cristal, la protagonista parece tenerlo todo, empezando por el prestigio y una admiración masiva, y un tren de vida que le permite viajar de Berlín a Nueva York y volver a las pocas horas siempre en avión privado. En pareja con Sharon (una subaprovechada Nina Hoss), que además es primera violinista de la Filarmónica de Berlín, ambas crian a una pequeña hija y se preparan para un importante desafío artístico como interpretar (y grabar en vivo) la Sinfonía Nº 5 de Gustav Mahler.

Las primeras secuencias son larguísimas (la película en general dura más de dos horas y media) pero notables porque los diálogos, pero también cada uno de los gestos, nos permiten apreciar el grado casi insoportable de exigencia, tensión y perfeccionismo al que es sometida (y al que ella somete). En medio de ese universo de sofisticación y brillantez artística, empiezan a aparecer desplantes, excesos, maltratos. Y con ellos entenderemos que Lydia no es la conductora de orquesta perfecta, sino una mujer con unos cuantos secretos habituada a la manipulación y el abuso de poder con elementos que coquetean con la humillación y más puro sadismo.

Es aquí cuando la película empieza a sumar capas, a mutar, a cambiar de tono, de espíritu, de esencia y hasta de tempo narrativo (a esas extensas, minuciosas y fascinantes escenas inicales les siguen otras donde abundan los golpes de efecto). El resultado es un film tan incómodo como desconcertante, que se disfruta más cuando se libera y se vuelve más “grasa” (casi al borde de la autoparodia), que cuando intenta sostener un aura de “prestigio” e importancia más cercano al cine europeo de autor (a-la-Haneke, digamos).

Si esta muy despareja y pendular película, que alterna notables escenas con otras que están al borde del ridículo, casi de la vergüenza ajena, resulta finalmente valiosa es porque aborda sin prejuicios ni lugares comunes un tema tan en boga como la cultura de la cancelación, en la que las redes sociales ocupan un espacio central, y porque Blanchett vuelve a lucirse en un papel que se aleja del que suelen elegir las estrellas contemporáneas. Así como interpretó a esa referente del conservadurismo que fue Phyllis Schlafly en la serie Mrs. America, ahora encarna a una mujer lesbiana que bien puede ser vista como una “depredadora”, en el mismo sentido en que muchos varones usaron sus lugares de poder para someter a sus víctimas.

Es interesante también cómo Field construye un universo con Lydia siempre comol centro magnético alrededor del cual orbitan desde su pareja Sharon, su asistenta Francesca (la francesa Noémie Merlant), colegas que la envidian como Elliot Kaplan (Mark Strong) u objetos del deseo como una nueva violenchelista rusa llamada Olga (la debutante absoluta Sophie Kauer).

De una película intimista y de cámara a otra con elementos propios del thriller (en su descenso a los infiernos, en el desmoronamiento de su imperio, ella empieza a sentir todo tipo de conspiraciones), de la austeridad inicial a las explosiones de las escenas finales, Tár genera reacciones muy disímiles, contradictorias, por momentos encontradas. Está lejos de ser el film perfecto que muchos colegas aclamaron, pero en tiempos de proyectos “de concepto”, donde todo está milimétricamente calculado para conseguir la adhesión automática del público con respuestas tranquilizadoras, una apuesta así de ambiciosa, inquietante y anómala es motivo no solo de atención sino también de unos cuantos elogios.