Taekwondo

Crítica de Fernando Sandro - El Espectador Avezado

Con sus cuatro films anteriores Marco Berger creó un universo que le es propio, con marcas distintivas y hasta referencias internas.
Berger es catalogado como un director de cine LGBT – o gay –, quizás el de mayor renombre en el país; pero siempre aclaró, y adhiero, que su cine es en realidad universal, que habla de lo que a él le gusta, de su propia visión, de sus inquietudes, ¿No es eso acaso lo que hacen los grandes realizadores personales?
El cine de Marco es humano, cálido, y profundamente romántico; escapándole a todo convencionalismo y cliché, romántico como la vida misma.
A ese microuniverso “Bergiano”, el realizador invita en la co-dirección a un par suyo, Martín Farina, de la recordada Fullboy. Como una simbiosis destinada a darse, ambos tienen varios puntos en común en su cine; por lo que Taekwondo puede ser fruto de unión perfecta.
A la historia, con guion de Berger, se le ven sus manos por todos lados. Germán acude a una invitación de Fernando para pasar unas vacaciones en una casa quinta alejada en Ezeiza.
Ambos son compañeros en las clases de Taekwondo, y Fernando comparte esas vacaciones con otros amigos propios que German no conoce.
Lo que Fernando “no sabe” es que en German hay otras intenciones, que tiene un plan (¿B?). German es gay, y está allí para tratar de confesarle sus sentimientos a Fernando, que quizás también sienta por Germán algo más que una amistad.
Se expone la mirada como la de un mercenario, un visitante foráneo. German, que oculta (o no expone) su homosexualidad frente al grupo, llega a ese universo aislado, lleno de testosterona, sudor, y códigos internos de jóvenes machos.
Ahí es donde se siente la mano de Farina. Si recuerdan los filmes de ambos directores, el director de Ausente es mucho más sutil, planos de roces, bultos tapados por calzoncillos, y juegos de doble sentido. Por el contrario, Fullboy hablaba expuestamente de la ambigüedad homoerótica en un mundo heterosexual, yendo de frente con los desnudos en primer plano como un ojo que espía la intimidad. La segunda opción es al que se ve en Taekwondo, matizada por el chichoneo Berger en tres personajes; sí, porque hay un tercero en discordia.
El juego está servido desde la premisa para que cualquier director recaiga en los convencionalismos de la comedia romántica, con enrriedos y confusiones de todo tipo, situaciones risueñas y personajes sidekicks pintorescos. Bueno no, ni Berger ni Farina son cualquier director, y llevarán inteligentemente el agua para sus molinos.
Con la envolvente musicalización de Pedro Irusta envolviendo el ambiente, Taekwondo vuelve sobre ese naturalismo tan típico al creador de Mariposa. Las cosas suceden como en la vida misma, con sus idas y vueltas, sus tiempos y sus inseguridades. Se habla de la nada y se habla de todo. Este completo mundo de hombres habla de sexo, de deportes, de compañerismo, y hasta de política, con planteos bien personales de quien se ubica detrás de cámara; mientras descansan, juegan, se miden, se emborrachan, se comportan irresponsablemente, y deserotizan el ambiente entre ellos. Es como cualquiera podríamos imaginarnos a un grupo de amigos pasando unas vacaciones soleadas aislados, aguardando una ocasional visita femenina… y en el que se cuela algún infiltrado.
Paisajes naturales, inmensos ante el ojo de la cámara, una bellísima fotografía soleada que amplía el naturalismo, y que se anima también a la contraposición de sombras para lograr planos de una preciosura palpable. Todo en taekwondo nos habla de cierta ensoñación. También se aprecia una simetría perfecta, tanto en los primerísimos planos (de rostros y genitales), como en las secuencias más abiertas, nada está fuera de su eje, como una inmensa y móvil obra pictórica.
Se ha acusado a Berger alguna vez de realizar siempre la misma película. Sin embargo, lo que podríamos decir es que juega con marcas que ya le son propias, y hasta se anima, otra vez, a referencias internas a su cine, como si estuviésemos como espectadores esperando que nos haga un guiño fiel; y tiene razón. Sin lugar a dudas Marco consiguió un grupo de seguidores que queremos verlo hacer su cine, eso que sólo él sabe hacer, abrirnos las puertas a su universo; y esta vez viene con la vista especial y adecuada de Farina.
No es todo lo mismo. Si Plan B era una comedia romántica clásica y urbana; Ausente un thriller; Hawaii un drama de clases sociales; y Mariposa se animaba a la metafísica. Taekwondo es quizás la comedia que no se veía tanto en Hawaii, o la luminosidad rupestre que no estaba en Plan B; es un intermedio entre ambas, con ese decir del no decir, con esas miradas y gestos que lo expresan todo, y se suma el aporte fundamental de la pulsión sexual expuesta, la fuerza de la masculinidad que Farina ya había retratado desde el lado del documental.
Taekwondo surgió de una suerte de tiempo muerto, de un proyecto que se cayó y las ganas de realizar algo. Algo similar a lo que sucedió con Hawaii, la película con la que estéticamente más comparte, y con los resultados más similares; quizás la que sus seguidores más halabamos.
Berger es también un concreto director de actores, y aquí maneja con soltura a un grupo numeroso de intérpretes, encabezados por Gabriel Epstein y Lucas Papa, a los que quizás le falte algo de diversidad, todos con interpretaciones correctas, acordes a sus participaciones, mostrándose de modo natural y abierto.
Farina y Berger nos presentan otro capítulo de sus placeres, las cuestiones que los movilizan, y nos convencen que detrás y delante de cámara sus filmografías estaban destinadas a cruzarse; bienvenida la unión potenciadora.