Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida

Crítica de Juliana Rodriguez - La Voz del Interior

La vida es sueño

Después de estar detrás de las páginas de guiones de películas de Michel Gondry (Eterno resplandor de una muerte sin recuerdos) y Spike Jonze (¿Quieres ser John Malkovich?), Charly Kaufman debuta ahora también como director en Todas las vidas, mi vida, cuyo título original, Sinécdoque, Nueva York, es un juego de palabras entre Schenectady, la ciudad en la que transcurre parte de esta historia, y la figura retórica que designa a la parte por el todo.

La historia comienza cuando un dramaturgo abatido, Caden (interpretado por Philip Seymour Hoffman), es abandonado por su mujer, que se va a Alemania junto a su pequeña hija. Caden comienza entonces a padecer (o cree padecer) de una enfermedad extraña que va atacando su cuerpo. Mientras tanto, su vida transcurre triste entre médicos, mujeres de las que se enamora, recuerdos intangibles, y el eterno proyecto de escribir y dirigir la obra de su vida.

Así, empieza a crear una obra que nunca acaba, en la que escenografía y realidad se funden. Así, Kaufman hace ingresar en el filme las obsesiones que caracterizan sus películas: la representación dentro de la representación, el punto de vista narrativo y paranoide de su personaje, los juegos mentales, lo onírico. Todo junto, superpuesto, caótico.

En ese exceso (por momentos abrumador) del que emana el sentido, el director encuentra la única manera posible de contar la historia de Caden, desde el punto de vista de su personaje o, mejor, desde la cabeza de su personaje, filtro por el cual transcurre el tiempo, la linealidad, el relato.

Hundido en esos excesos, el filme puede resultar caprichoso y agotador en un principio, como si el director se hubiera olvidado del espectador (al igual que su personaje y su obra de teatro con público tácito y continuo) en el afán de desarrollar una historia tan ambiciosa como sufrida.

Sin embargo, el resultado final es un intenso relato sobre los procesos creativos, el paso del tiempo, la experiencia emotiva, la introspección. Al fin y al cabo, en esa desmesura de Kauffman que quizá antes era canalizada por otros directores, radica su originalidad y marca personal.

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