Starlet

Crítica de Juan E. Tranier - La mirada indiscreta

La soledad desespera

Todo comienza con una venta de garaje, ese tipo de actividades tan propias de la sociedad norteamericana que, aunque jamás hayamos visto, realizado o visitado alguna, nos resulta tan familiar (un equivalente serían las ferias americanas, pero hasta ahí nomás), donde Jane/Tess (la jovencísima Dree Hemingway, hija de Marion) le compra un termo a Sadie (la formidable debutante de tan sólo ochenta y ocho años Besedka Johnson). Los días de Jane fluyen, o se diluyen, mejor dicho, entre video-juegos, amigos y drogas. Días que son inundados por un sol tan radiante que inunda e invade todas las casas de Los Ángeles, un poco en contraste con ese halo de oscuridad que tiñe las vidas privadas de los personajes de Starlet, de Sean Baker. A raíz de un fortuito descubrimiento (como lo deben ser todos), Jane se siente compelida a visitar una y otra vez a Sadie, desarrollando lentamente una cierta afinidad hacia la ceñuda anciana. Ambas cargan con secretos y dolores que les pesan, como una cruz; pero es en esa zona, donde está extraña relación se mueve, que encuentran poco a poco un alivio.

Baker se acerca al mundo de Jane, a esa juventud vacilante, con falta de motivaciones y de convicciones firmes, sin prejuicios, mostrando a los jóvenes como son: algo torpes, vanidosos, frívolos y, porque no, insufribles. Un poco como lo hace Sofía Coppola en sus películas, especialmente en Adoro la fama (2013, The Bling Ring, que tantas voces negativas ha encontrado). Con una puesta etérea, plena en colores pasteles, tomándose su tiempo, entre silencios y pausados movimientos (de cámara y de sus personajes dentro del cuadro), para construir y desplegar los matices que conforman una relación que va más allá de intereses pasajeros o efímeros.

El elemento disruptivo, claramente, es Sadie, una anciana que desencaja con el resto del universo donde se mueve Jane. Una mujer triste y algo enojada con el mundo, que parece una versión más decadente y realista del mito de Greta Garbo o de aquellas divas del cine clásico americano que pasan sus últimos días en el ostracismo. Como si fuera arrancada de otro tipo de historia e insertada en esta fábula de sordidez pop. Pero Jane encuentra en Sadie un refugio familiar y Sadie encuentra en Jane una forma de consolar viajas pérdidas. Buscando salvarse mutuamente de los avatares del mundo moderno y de los demonios personales.

Starlet se erige como una oda a la amistad “verdadera”, aquella que se construye con tiempo, con silencios, con paciencia, con indulgencia, y avanza lenta pero firme, plácidamente (con excepción de una escena en particular que rompe un poco el clima y que es algo gratuita), encontrando en los tiempos muertos pequeños momentos de epifanía. Convirtiendose así, en la pequeña gran revelación de lo que va del año.