Soy tóxico

Crítica de Santiago García - Leer Cine

Para aquellos que vemos mucho cine argentino de todas las épocas, una película como Soy Tóxico genera una simpatía inicial inevitable. La ciencia ficción y terror, dos géneros que durante el siglo XX tuvieron escasos exponentes en una cinematografía que luego de su edad de oro renegó cada día un poco más de los géneros. En el siglo XIX la cosa cambió y una docena de películas de estos géneros aparecen por año, en particular de cine de terror.

Dentro del cine de género Soy tóxico entra en la categoría de ciencia ficción ambientadas en un futuro distópico, en un planeta arrasado por una guerra bacteriológica y un hemisferio sur habitado por escasos sobrevivientes rodeados de hordas de zombies.

Provincia de Buenos Aires, año 2101, el protagonista, al que llamarán Perro, despierta sin saber quién es ni como ha llegado hasta ese desierto donde está rodeado de cadáveres. Cuando un zombie está a punto de atacarlo es salvado por un desconocido. Lejos de ser un amigo, este extraño personaje lo llevará a su refugio donde junto con su pandilla tomarán a Perro como prisionero. Otra situación muy conocida del cine de terror es la de la banda de sádicos que toma a alguien de rehén sin que se sepa muy bien cuál es su objetivo final.

A favor de la película hay que decir que los primeros minutos de película se desarrollan sin diálogos, con una buena elección de locación y con un logrado clima. Luego cuando aparezcan todos los personajes la cosa será menos interesante. El maquillaje, la dirección de arte y el vestuario están impecables, logrando un clima, junto con la fotografía, cercano al cine de terror europeo de los setentas o al de las películas de bajo presupuesto.

Pero a medida que la película avanza no se desarrolla un interés por los personajes, no nos preocupa tanto su destino ni sus intereses, no llegamos a generar la más mínima empatía. Esto es especialmente notable con el líder de la banda, interpretado por el músico Horacio Fontova, quien nos saca del clima de ciencia ficción y terror y nos recuerda en su estilo antiguo de actuación que estamos viendo una película.

Soy tóxico pierde fuerza escena tras escena, no porque empeoren, sino porque no logran sumar. Volviendo al comienzo, es fácil sentir simpatía porque quienes quieren hacer cine de género en Argentina, pero al mismo tiempo, y por amor al género, hay que ser exigente con la calidad de las películas, no solo saludar sus intenciones. Lo que sigue faltando son guiones más sólidos, de esos que hagan la diferencia, a partir de allí las películas de terror y ciencia ficción, aun siendo humildes, podrán lograr el objetivo de calidad que se espera de cualquier título.

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