Soy tóxico

Crítica de Matias Seoane - Alta Peli

Me siento bien 

En algún momento el mundo se fue al tacho. Desde el hemisferio norte nos llegan aviones que dejan caer los cadáveres de sus muertos por armas bacteriológicas o químicas, esparciendo por nuestras tierras una plaga de zombies ciegos a todo aquel que consume su carne. En ese mundo que no reconoce despierta un hombre entre varios cadáveres, sin recordar ni siquiera su propio nombre. Vagando por el desierto es atacado por una de estas criaturas a los que los sobrevivientes apodan “secos” y es salvado justo a tiempo por un chatarrero que recorre el yermo en su auto recolectando cosas útiles. El Padre, como se hace llamar, lo lleva al refugio que comparte con dos jóvenes y una chica muda con la que conforma una extraña versión de familia forzada por la supervivencia. Le promete que allí tendrá comida y protección, pero apenas llegan se revelan sus verdaderas intenciones: la amnesia es el primer síntoma de que se está convirtiendo en un seco y ellos tienen el pasatiempo de torturar y matar a esas criaturas.

Y yo también

Corta y directa, la trama de Soy Tóxico no tiene muchas vueltas ni sorpresas. No pretende hablar de nada, solo entretener y cuando se contenta con eso cumple lo que se propone. Mientras se enfoca en las acciones de estos personajes todo anda fluido, es cuando intenta engordar la trama explicando el pasado del amnésico cuando trastabilla. Bautizado como el Perro por sus captores, intenta al mismo tiempo sobrevivir y ordenar los pocos fragmentos que recuerda de su vida para poder darle sentido a lo que le está sucediendo, pero toda esa parte de la historia es tan previsible y genérica que la explicación llega siempre tarde, cuando ya adivinamos esa información. Si bien es cierto que el desarrollo de la historia y los personajes termina siendo chato, alcanza para darle suficiente letra a sus intérpretes como para logren volverlos interesantes aunque sea desde el lado del entretenimiento.

Dentro del ambiente del cine independiente de género las producciones de Pablo Parés siempre se distinguen por la propuesta visual, porque mientras otros se vanaglorian de hacer puestas berretas y dejar la cámara donde caiga, este director logra que incluso con bajo presupuesto la fotografía y el diseño de Arte sean parte fundamental de lo que propone. Soy Tóxico es otro ejemplo de cómo es posible lograr películas visualmente atractivas incluso trabajando en condiciones precarias. Los personajes hablan con su vestuario, los escenarios completan la historia con su ambientación y la cámara apunta a los lugares justos para que todo lo que se muestre sea pertinente, dejando afuera todo eso para lo que no hubo presupuesto. Es un mensaje agridulce, porque aunque por un lado debería dejar sin excusas algunos de sus colegas más conformistas, a la vez justifica modos de trabajar con condiciones un tanto cuestionables que no deberían tener lugar en una industria más seria.

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