Sólo un hombre

Crítica de Rodolfo Weisskirch - A Sala Llena

¿Cómo llorar públicamente una pérdida cuando se debe reprimir la verdadera identidad de uno?

El diseñador de ropa masculina, Tom Ford, discípulo de Gucci e Yves St Laurent, decide realizar su ópera prima en base de esta premisa.

George Falconer (Firth) es un profesor universitario de literatura de Los Angeles, en 1962. Tras unos gruesos lentes, traje y una elegante forma de caminar, debe ocultar su homosexualidad, y sus penas amorosas: Jim, su pareja durante 16 años falleció en un accidente automovilístico y desde entonces George quedó destruido anímicamente.

La película se desarrolla durante todo el día en que George ha decidido quitarse la vida. Durante este día, George hará un balance de su vida: el pasado (los recuerdos con Jim), el presente (su trabajo, su relación con Charley, su mejor amiga) y el futuro (suicidarse o darle la oportunidad a un joven estudiante, con el que empieza una relación).

Basada en una novela de Christopher Isherwood (Cabaret), a diferencia de otras películas que encaran los prejuicios de la sociedad conservadora estadounidense durante los años ’50 y ’60 (el mejor ejemplo sigue siendo Lejos del Paraíso de Todd Haynes), el film de Ford, toma el contexto ideológico con sutileza. No lo deja de lado (al principio del film, George da un excelente monólogo sobre la discriminación frente a su clase), pero tampoco pone énfasis en el tema por sobre el análisis del personaje.

El protagonista lleva la narración, y nunca el guión se desvirtúa hacia subtramas que poco aportan al análisis de la mente del personaje.

El miedo a mostrar los sentimientos, la paranoia ante la guerra nuclear y los misiles soviéticos de Cuba, forman parte del contexto histórico y político que ayudan a mostrar la mentalidad de la sociedad estadounidense, la violencia implícita, las adicciones y represiones sociales, la obsesión por mantener una imagen.

Entre flashbacks e imágenes oníricas esterilizadas, mezclas de formatos (interactúan el súper 8, con el 16 mm blanco y negro, y el 35 color con una saturación de grano admirable), Ford crea un melodrama con reminiscencias al cine de Douglas Sirk (inspiración de Haynes para Lejos… y Sam Mendes para Solo un Sueño), con un refinamiento, elegancia y belleza visual como pocas veces se ve en un ópera primista , que hasta el momento, había tenido poca relación con el cine. La fotografía crepuscular, fría, otoñal, del catalán Eduard Grau (Honor de Cavallería) adquiere identidad propia y le aporta calidad cinematográfica al film de Ford.

Postales cinéfilas desfilan ante la pantalla, ya sea un enorme póster de Psicosis o un homenaje a la rebeldía de James Dean, prototipos de la década.

La banda sonora del polaco Abel Korzeniowski remite a los leit motivs, más dramáticos de Bernard Herrmann, acompañado con temas de los ‘50s y ‘60s.

Ford narra con fluidez, con precisión, y gran intuición para crear encuadres y un montaje dinámico.

Colin Firth luce auténtico en cada faceta que atraviesa el personaje, desde los momentos más débiles y sentimentales hasta donde tiene que exponer la frialdad e ironía típica inglesa ante sus estudiantes o hacia Charley. La represión y los miedos internos, son expuestos de forma sutil, nunca se le escapa un gesto de más. Firth ganó en Venecia por dicha interpretación el premio al mejor actor, e injustamente perdió el Oscar ante Jeff Bridges.

Acompaña, Julianne Moore (otro punto en contacto con Lejos…) en un destacado rol secundario como Charley, la alcohólica amiga de George. Si bien, el personaje no tiene tanto protagonismo como anuncia el afiche, Moore lo encara con su habitual verosimilitud y profundidad, con un rango que hace acordar a otras amas de casa de los ’50 o ’60 que ha interpretado en el pasado (Lejos… Las Horas; The Prize Winner of Defiance, Ohio) con la madre alcohólica y depresiva de Boogie Nights, Juegos de Placer. También se destaca el joven Nicholas Hoult (Un Gran Chico) como el admirador de George.

Con encanto, sin pretensiones polémicas en la forma de encarar el “tema”, un estilo tan elegante como su indumentaria, Ford crea un relato atrapante, sobre un hombre soltero, que pretende dejar atrás las máscaras, luchar contra los prejuicios e hipocresías de la época, y poder llorar y superar la pérdida de un amor.

Solo un Hombre es una película “tapada”, que durante una hora envuelve al espectador en un mundo interno sin demasiadas respuestas, que elige durante el resto del metraje mostrarse más sencilla y honesta, a medida que el personaje se va mostrando más vulnerable. Este último tercio de hora, provocan que la película sea un poco más convencional de lo que prometía ser en un principio. Pero, a la vez, es acaso la única brecha que se puede encontrar para que no hablemos hoy, de una obra maestra.

Tom Ford consagra estilo con narración, y en medio del declive del cine estadounidense de autor, una ópera prima de estas características es más que bienvenida.

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