Soldado argentino

Crítica de Paola Jarast - Fancinema

TRES EPISODIOS PARA UNA MISMA GUERRA

Es raro que la Guerra de Malvinas haya sido un tema tan poco abordado por el cine argentino. Fue, después de todo, no sólo uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente, sino también una guerra lo suficientemente particular como para generar relatos atractivos. Teniendo en cuenta esto, Soldado argentino sólo conocido por Dios de Rodrigo Fernández Engler tiene el interés a priori de constituirse como uno de los pocos largometrajes nacionales que se animan a abordar un tema como este.

El relato, claramente dividido en tres partes, narra al principio la historia de los soldados protagonistas antes de entrar en batalla. El segundo tramo se centra en la batalla misma. El tercero girará más que nada en torno a las secuelas de guerra de los sobrevivientes, sumado a la historia de uno de los soldados caídos. En este último pasaje, quien adquiere protagonismo es una joven (Florencia Torrente) convencida de que el cuerpo de su hermano caído en Malvinas yace en una de las tumbas bajo el pseudónimo que da nombre a la película. Soldado argentino… encuentra su pico más alto en la parte media, sobre todo en lo que se refiere a la descripción de la convivencia entre soldados y las escenas de combate. Este último incluso presenta grandes hallazgos, como aquel momento en que se muestra cómo tres soldados inexpertos disparan como pueden contra barcos ingleses que cuentan con tecnología claramente superior. En esas escenas, el director logra que el espectador se sienta en el lugar de esas batallas en la que los soldados argentinos combatían con elementos precarios y se encontraban en una tierra al mismo tiempo desoladora y confusa.

A estas escenas se le suma otra virtud: la capacidad del director de elegir locaciones del interior de Argentina muy similares a las de las Islas Malvinas. Sin embargo, ya en este segundo tramo de Soldado argentino sólo conocido por Dios algo empieza a resentir el resultado final de la película: diálogos que devienen en discursos altisonantes y efectistas, y un abordaje poco convincente de los conflictos personales de sus protagonistas. Esto último resulta ostensible ya llegando a la tercera parte de la película, en la que se trata el conflicto vincular entre el personaje de Torrente y el del atribulado soldado Juan Soria (encarnado con gran sensibilidad y hondura por el joven Mariano Bertolini). Por momentos, el personaje de Torrente pareciera estar puesto al servicio de enfrentar al de Bertolini a las limitaciones y fantasmas que lo acucian desde la guerra. Una línea argumental que aparece de manera forzada dentro de la trama y que se resuelve a las apuradas, imposibilitando cualquier tipo de empatía con la historia de amor planteada.