Sinister

Crítica de Diego Faraone - Denme celuloide

Digamos que a priori no hay nada muy original. Contamos con el viejo truco de la casa abandonada, en la cual fue asesinada una familia entera. A sabiendas y ocultándole el hecho a su propia familia, un escritor de best sellers de no muchas luces (Ethan Hawke) decide mudarse a esa misma casa, para estudiar el caso irresuelto. Apenas llega descubre una extraña caja en el ático: varias cintas caseras en súper 8 junto al mismo proyector, preparado y en buenas condiciones, como para facilitar un visionado inmediato. El horror surge: el escritor descubre con estupor que todas esas cintas son videos snuff, es decir, muestran asesinatos reales. En todos los casos, matanzas a familias enteras. Para evitar una mala experiencia por la que ya pasó, decide no avisar a la policía y comenzar su investigación por cuenta propia, obsesionándose con un caso terrible y dejando completamente relegados a su esposa y sus hijos, quienes prontamente empiezan a verse afectados por la mudanza, el ausentismo de su padre, los rumores locales en torno a los asesinatos y desapariciones precedentes.
El director Scott Derrickson, que había filmado la poco recordable El exorcismo de Emily Rose, esta vez logra lucirse. Desde Ringu -La llamada originaria y japonesa- que no se veían videos tan inquietantes: a la ambientación oscura se suma un formato borroso y fotogramas irregulares, por lo que cada uno de los fragmentos en súper 8 están provistos de un singular clima de pesadilla. Para perjuicio del espectador, la música turbia, críptica y experimental de Christopher Young es excelente, como si quisiera ser melodía pero sin llegar a serlo, confundiéndose con los efectos sonoros, alternando graves gravísimos con estridentes sonidos industriales.
El terror es estrictamente psicológico, sí hay un poco de sangre, pero la violencia gore ocurre toda fuera de campo y los sustos dan miedo de verdad, debido en parte a la notable orquestación técnica. Desde el guión se utilizan mecanismos para acrecentar la intriga: hay pistas falsas desperdigadas, falsos sospechosos, falsas hipótesis que apenas son sugeridas. En determinado momento, no se sabe a ciencia cierta si el protagonista está loco –su abuso del alcohol puede reafirmar la sospecha del delirio-, si no existe un complot entre los pueblerinos y la policía para arruinarlo, si hay o no actividad paranormal, o si el asesino serial es tan inteligente y ruin como para mortificarlo a tal punto, y estas incógnitas se mantienen hasta avanzados tres cuartos del metraje. Esta incomodidad, este atrayente y precario equilibrio entre lo racionalmente viable y lo irracional y de ultratumba es un motivador irresistible, que mueve a la incondicionalidad.
Eso sí, el final es una pena y se ve venir desde la mitad de la película. De todas las resoluciones posibles termina imponiéndose la más obvia, la más recurrida en el cine de terror reciente, la más cantada. Es penoso ver a un protagonista avanzando paso a paso hacia su propia perdición, y realmente lamentable que una obra que venía pegando fuerte y tan alto decaiga de esta manera. Con muy poco puede echarse a perder una gran obra.