Silencio

Crítica de Jorge Luis Fernández - Revista Veintitrés

Después de La última tentación de Cristo (1986) y Kundun (1997), Silencio (2017, casi ausente en los Oscars) es la tercera realización de contenido religioso de Martin Scorsese; un porcentaje magro para tan amplia filmografía, lo cual es una verdadera pena, no por una cuestión de géneros, sino porque en cada una de las cintas sacras el italoamericano filmó con una sobriedad y un respeto por los tiempos dramáticos totalmente ausente en sus archifamosos (y archirreconocidos) films de gángsters.
Vayamos al film en cuestión. En el siglo XVII, mientras los españoles ya empezaban a cansarse de buscar herejes para prenderles fuego, en el Japón imperial ocurría exactamente lo mismo en sentido contrario: el gran inquisidor estaba harto de ver desfilar japoneses dispuestos a inmolarse en pos de un dios invisible y sus promesas de una espectacular vida post-mortem.
Durante las misiones jesuíticas, un prominente sacerdote portugués, el padre Ferreira (Liam Neeson), parece haber desaparecido durante su misión en Japón. En las misivas relata las peores torturas infligidas al pueblo converso, y el quiebre abrupto de correspondencia sugiere que ha muerto o apostató. En Portugal, el padre Rodrigues (Andrew Garfield) y el padre Garupe (Adam Driver), discípulos de Ferreira, consiguen la venia de la autoridad eclesiástica (representada por un barbudo Ciarán Hinds) para viajar al Japón y averiguar el paradero de Ferreira. Durante la primera parada en China, un oscuro japonés llamado Kichijiro (YôsukeKubozuka) los guía en barco hacia el Japón; los jesuitas amarran en la aldea de Gobe, donde son recibidos como el mismísimo Jesucristo, lo cual reafirma la convicción de Rodrigues –cuyas misivas a su autoridad se oyen en off, al estilo de los films de TerrenceMalick– y resulta uno de los momentos más emotivos de Silencio.
¿Y por qué el nombre? El silencio es la única respuesta del Creador a las plegarias de los sacerdotes, que se multiplicarán como el milagro de panes y peces una vez que el temible inquisidor Inoue (IsseiOgata) llegue al lugar.
Scorsese (que aspiró a ser sacerdote en su adolescencia) invirtió años y muchísimo dinero en la producción de esta película, que es la suma de todas sus inquietudes religiosas, y si bien no consiguió la obra maestra que muchos esperaban sí pudo concretar una obra distinta, que no revela todo su potencial a simple vista. Insertas entre la acción y la introspección (pese a los ecos a La Pasión, no hay excesos de brutalidad a la Mel Gibson), el director hace emerger, progresivamente, todas sus dudas y sus convicciones en el plano religioso –cuestiones todas que, más allá del credo o no credo del espectador, lo moverán sin duda a la reflexión–. El director maneja muy bien el tiempo de estas dudas y revelaciones, que explotan con la llegada de los dos jesuitas al Japón, caen en una meseta (con las sucesivas traiciones de Kichijiro, el innegable Judas para el Cristo de Rodrigues), y vuelven a explotar, quizá con mayor fuerza, cuando, en medio de las torturas, hace su aparición el misterioso Ferreira, cuyo enigma está planteado –uno apostaría, conscientemente, o incluso adrede– de modo análogo a la búsqueda del Coronel Kurtz en Apocalypse Now.
Se dice que Scorsese invirtió los últimos 28 años de su vida en concretar este proyecto, surgido de la lectura del libro de ficción homónimo, de 1966, perteneciente al escritor ShūsakuEndō. Pese a la emoción que irradia el film, hay una contención permanente en la introspección de Rodrigues, el vehículo movilizador del film, y en esa performance,esforzada, rodeada de todos los requisitos insoslayables (de las locaciones a la puesta de cámara y la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto) se concentra gran parte de las grandezas del film.
Silencio no será la película por la que Martin Scorsese será recordado (las críticas no han sido laudatorias para este opus del italoamericano), pero una lectura atenta y el paso del tiempo quizá le den el estatus de gran obra que se merece.