Siempre Alice

Crítica de Ignacio Andrés Amarillo - El Litoral

Mi vida sin mí misma

La crónica periodística (que es externa al hecho artístico) nos dice que Richard Glatzer, uno de los guionistas y directores de “Siempre Alice”, murió un día antes del estreno en la Argentina. Glatzer, marido del otro director, Wash Westmoreland (con quien tuvo un hijo), falleció a a causa de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), la enfermedad de Stephen Hawking (retratado en “La teoría del todo”). Así que seguramente el aura de la declinación y muerte anunciada en el seno de la pareja y la familia permeó y cargó de una sensibilidad especial esta última obra en conjunto.

La diferencia radica en que el guión que hicieron sobre la novela de la neuróloga Lisa Genova (que también algo conoce sobre estos temas) trata sobre el Alzheimer, que es como el camino inverso. El Alzheimer es como la ELA de la mente: lo que se pierde no es la movilidad sino el para qué moverse. Imposible no pensar en Hawking, cuando la protagonista de “Siempre Alice” es también una académica, en su caso una lingüista. Tanto peor: alguien cuya vida gira en torno al lenguaje, enseguida se dará cuenta de los primeros síntomas de la enfermedad, vinculados con el extravío del discurso y la pérdida de las palabras.

Fuera de foco

El personaje que le valió a Julianne Moore el Oscar a la Mejor Actriz es Alice Howland, profesora de la Universidad de Columbia, casada con John, médico y también académico. Tienen tres hijos: la perfecta y puntillosa Anna, abogada y felizmente casada; el estudiante de medicina Tom; y la “díscola” de la familia, Lydia, radicada en Los Ángeles para dedicarse a la actuación.

El relato presenta de manera “elegante” los primeros síntomas, mechando desde el principio los juegos de palabras que comparte con su hija mayor y alguna otra instancia que será clave después. Cuando decimos “elegante” nos referimos a la búsqueda por evitar el golpe bajo, y no caer en cierta línea hollywoodense (casi un subgénero, para algunos) donde algún personaje arrastra una enfermedad terminal y tiene que legar algo más o menos edificante (la crítica posicionaría por allí a “La fuerza del cariño”, “Flores de acero” o “Quédate a mi lado”).

Tampoco es que la búsqueda sea más edificante que seguir siendo Alice (por ahí va significado del título original y más o menos del local) el mayor tiempo posible. Ésa es la gran batalla de Alice: sus hijos son grandes y no tiene que planearles la vida, y no piensa en lo que hará su marido después (que podría). Más que “Mi vida sin mí” (título de un filme de Isabel Coixet) acá sería “Mi vida sin mí misma”: cómo lidiar con la pérdida de las memorias que nos constituyen y de lo que hemos sido, de los vínculos que nos definen, hasta perder la relación con el mundo. El final se pone duro, sí, pero mantiene la misma dignidad que busca la protagonista.

El arte de los directores a la hora de rodar está en los planos cortos y la fotografía naturalista, que tanto gusta en el cine estadounidense de estos últimos tiempos: incluso hay una cámara desde la nuca, uno de los planos que (como solemos repetir en estas páginas cada tanto) Darren Aronofsky tomó de los hermanos Dardenne (ver el pasaje de “Rosetta” a “El luchador”). Esa mirada aporta calidez y extrañeza en los contraplanos abiertos (los alumnos que no entienden nada, por ejemplo). Pero lo más interesante está en algo tan sencillo como el juego con la profundidad de campo para desenfocar el fondo y mostrar el extravío, el desconocimiento del entorno de Alice.

Matices

Por supuesto que el eslabón clave del proceso está en la descomunal actuación de Moore, como la querible profesora (a kilómetros de la oscura presidenta Alma Coin de “Los Juegos del Hambre”, otro registro reciente). Como dijimos, lejos está de tener que profundizar en momentos humillantes (cuando lo hay es cuidado) o esas actuaciones por las que la Academia suele dar el premio, con discapacidades motrices o intelectuales severas. La maestría está en los matices del miedo y la angustia, por momentos existenciales, pero más severamente cotidianos (acercarse un poco aunque sea a lo que siente quien de golpe desconoce la calle que recorre siempre, o la disposición de las habitaciones de la casa). Y también en el humor, en la aceptación de decir “esta cosa amarilla” a un fibrón flúo, en la forma de hablarse a sí misma de opciones trascendentales.

El elenco acompaña bien. Alec Baldwin está discreto, sin grandes despliegues, quizás como el sparring correcto: un marido que no huye despavorido pero que a veces no termina de lidiar con la situación. Kate Bosworth luce muy bien como Anna, la correcta hija mayor, la que carga con cierto karma de familia. Pero la que se destaca en ese panorama es Kristen Stewart como Lydia, la hija más caótica, pero la de mejor sintonía con el proceso. La chica de los dientitos demuestra su valía con detalles mínimos: la manera de sacarse un mechón de la cara en la playa ventosa, por ejemplo.

Stephen Kunken le pone al neurólogo Benjamin un toque de humanidad, sin subestimar ni desdeñar a su paciente. Shane McRae (Charlie, marido de Anna) y Hunter Parrish (Tom) completan el elenco principal.

Varias veces hicimos referencia en este texto a cosas pequeñas, detalles, gestos. Y quizás eso es la vida: un puñado de pequeñas cosas que nos construyen. Por eso, nada nos daría más miedo que perderlas.