Sidra

Crítica de Claudio D. Minghetti - La Nación

Diego Recalde se toma el cine en broma y no le va para nada mal

Diego Ogeid (Diego Recalde) es un joven que quiere filmar una película pornográfica pero apta para todo público. Su amigo Jaime Petesh (Martín Policastro) es un joven con serias dificultades para relacionarse con las mujeres y para colmo, cuando finalmente lo consigue, está convencido de que se contagió algo. Estos auténticos perdedores son los ejes principales de Sidra , película que hasta ahora logró ser exhibida unas pocas veces en forma transversal, aquí y fuera del país, y que por esas cosas del destino consigue finalmente una sala de estreno (el Multiplex Lavalle), ¡ocho años después de terminada!

Parece un chiste filmado, y lo es. Si hay algo que caracteriza a Sidra es que se trata de una película hecha por un grupo de graciosos que no pretende ser otra cosa que una broma. Si a diferencia de lo que ocurre con otras bromas, por ejemplo las provenientes de la industria de Hollwyood, que las hay y son de trazo muy grueso, ésta costó tan solo 700 pesos (hace ocho años), la satisfacción es por partida doble o triple. Y si encima tomamos como mérito haber sido hecha hace todo ese tiempo (cuando sin lugar a dudas todo era todavía un poco menos transgresor), bueno, el cartón se completa todavía más.

Diego Recalde se propuso hacer lo que se conoce como una boutade (broma en francés) y lo consigue. La idea de poner en la mira a la misma gente de su entorno, formada en la Escuela Nacional de Cinematografía es de por sí risueña, como también lo fue, bastante después, la farsa cinéfila Upa, una película argentina , algo menos disparatada que ésta, pero igual de fresca y a prueba de mirada sesuda a la hora del juicio crítico.

El montaje fotográfico (experimentado desde tiempos inmemoriales, explotado con fines dramáticos en La jetee , de Chris Marker, y repetido recientemente por algunos cineastas independientes), es otro de los tips de esta aventura, a la que no le faltan ni un numerito musical ridículo (a propósito de la Escuela de Cine oficial) ni una seguidilla de delirios todos muy oportunos (uno muy gracioso con el fallecido Federico Klemm).

Que quede en claro: sólo es posible aceptar Sidra en los términos de una película filmada con unos pocos billetes pero con muchas ganas de reírse frente a un espejo. Lo curioso de todo esto es que habida cuenta de muchas otras producciones de diversos orígenes, que increíble e injustificadamente tienen salida comercial, ésta incluso puede sobresalir.

Dos buenas para poner en Twitter: se dio en varios festivales, como el de cine pobre, en Cuba, y en el de cine del conurbano de Banfield, entre otros. Y ríase la gente.