Sicario

Crítica de Luis Zas - Leedor.com

Sicario, nueva película de Denis Villenueve después de “Enemys” (sinuosa e interesante adaptación de la novela de Saramago “El hombre duplicado”) donde su eje es la lucha de EEUU contra los carteles mexicanos de la droga, más adelante comentaremos el porqué de la elección de un vocablo en castellano para significar el origen del conflicto, marcando el tono y los límites de la propuesta.

El film comienza con una redada del FBI en una casa/aguantadero en Arizona donde encuentran más de 40 cadáveres en bolsas de plástico y donde mueren oficiales de la ley al explotar una bomba “caza bobos”. El procedimiento es dirigido por la agente del FBI Kate Macer (Emily Blunt). El posterior interrogatorio a los dealers atrapados saca a relucir que el cartel opera en suelo norteamericano y por eso se la reasigna a un grupo de trabajo especial, reservado y con amplios poderes autorizados por Washington para combatir al cartel con todo tipo de medios.

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Los parámetros morales de la oficial Kate se irán paulatinamente desmoronando al observar el accionar del grupo especial comandado por el misterioso y sádico Matt Graver (Josh Brolin) con un más misterioso y vengativo Alejandro (Benicio Del Toro) ayudante ad-hoc de este grupo que pasará a vivir una temporada en el infierno.

Kate tras cada procedimiento toma conciencia que no sabe contra quién está peleando y por quién está siendo utilizada pero no puede hacer nada para cambiar las cosas. Incursiones a un lado y otro de la frontera mexicana / norteamericana para secuestrar a los cabecillas de los carteles y llevarlos ilegalmente a Estados Unidos van marcando el ritmo de una película tensa por momentos trepidante por momentos lenta en demasía.

El estupor que siente Kate como representante de la ley, se asimila al del espectador medio y bienintencionado, que toma conciencia cómo su país combate el terrorismo y la droga mostrando que la diferencia entre uno y otro bando no es de principios sino de poder de fuego.

Inquietante banda de sonido de un maestro como Johann Johannsson que describe con belleza las distintas situaciones por las que atraviesa la protagonista desde desazón y desorientación, hasta ritmos marciales y profundas elegías.

Convincente actuación de Emilie Blunt que sería mejor si el guión (del actor Taylor Sheridan) no cargará con tanto énfasis esa idea de hacerla representar a un espectador ideal que se abruma al tomar conocimiento de la manera en que se combate a la droga, Brolin y Del Toro superan el esquematismo de sus personajes, prestando sus máscaras para representar a los malos de los buenos.

Gran fotografía de Roger Deakins que muestra cómo la frontera americana y sus recovecos cada vez se parecen más a las imágenes que muestra la CNN de Iraq, Afganistan y gran parte de Oriente medio exponiendo como los gobiernos del norte están transformando al mundo en un Desierto físico y moral.

La película no profundiza sobre el origen del problema y que vínculos reales y funcionales tienen los gobiernos conservadores con los carteles ya que les sirven para la construcción del gigantesco y vergonzoso muro fronterizo, para conseguir plata “extra” para financiar sus avanzadas imperiales y por último para estigmatizar al “Latino” (como lo hace hoy el candidato Donald Trump) a la que le hace eco el título del film.

Lo amoral para la cinta es el fuego contra fuego que sintetiza la política “no oficial” del amigo americano. Es el fin de la ingenuidad en la emergencia del personaje de Blunt que solo parece tener a la impotencia como salida.

Consciente o no, el film habla de una geoética que relativiza los valores y el derecho, “dime de dónde eres y te diré que tipo de ley te aplicaré”, un doble estándar que entiende como “atentado terrorista” cuando grupos execrables matan civiles en alguna ciudad occidental y como “error de cálculo” o ”daño colateral” cuando se bombardea criminalmente un hospital en Oriente Medio.

La civilización barbariza aún más al mundo.