Showroom

Crítica de Marianela Santillán - Proyector Fantasma

La ilusión es ante todo tramposa

Showroom, la ópera prima de Fernando Molnar, nos presenta a Diego (Diego Peretti) un hombre de cuarenta y tantos años que se dedica a animar y entretener fiestas y eventos empresariales, actividad que realiza hace décadas. Un día su jefe lo despide porque debido a su edad “ya no rinde como antes” , “no tiene vitalidad”, “su imagen no va con el target al que la compañía apunta”, etc, etc, etc. Diego oye estas mismas razones en cuanta entrevista laboral tiene, y de esta forma, el panorama se va oscureciendo: lo están por desalojar de su casa, tiene infinitas deudas, y cada vez discute más con su esposa.

Un único salvavidas aparece: un pariente le ofrece como solución prestarle una casa en Tigre, para así ahorrar el gasto de alquiler, y a la vez, lo incorpora como vendedor en Palermo Boulevard, su emprendimiento inmobiliario ubicado en una exclusiva zona de ese barrio porteño. De esta forma comienza un nuevo estilo de vida para toda la familia, la mudanza, el cambio de colegio de la hija adolescente, y el viaje diario de Diego desde la isla, hasta el lugar de trabajo; todo muy desgastante.

Así, con el pasar de los días, el único objetivo de este jefe de familia es regresar a Capital Federal, y ser el mejor vendedor -ya que en determinado momento el tío de Diego contrata a un segundo vendedor, más joven y carismático-pero obviando un poco las nuevas necesidades y deseos de su esposa e hija, que luego de quejas, terminan por disfrutar la vida natural de Tigre y comienzan a detestar lo asfixiante del departamento palermitano.

Con Showroom, Molnar nos introduce en un mundo bello y lujoso pero artificial, efímero, y construído burdamente que invita a una vida ideal en un hogar con amenities y paisajes soñados que prometen alegría, algo prácticamente inexistente, a la vez que cuestiona y propone reflexionar sobre la agitada vida en la cuidad, la precarización y las competencias laborales, y la creación de falsas necesidades que día a día compramos, como si fueran la fórmula o el camino real a la felicidad.

Completan el escenario, la excelencia actoral de Peretti, quien realmente logra transmitir su desesperación primero, y el malestar después; además de la maravillosa labor de Daniel Ortega en la fotografía de esta ópera prima.

Por Marianela Santillán