Showroom

Crítica de Gaspar Zimerman - Clarín

¿Para ser, hay que poseer?

Buenas actuaciones para contar con sencillez una historia mínima sobre un tema clásico: la alienación.

Es curioso que se promocione a Showroom como una comedia, porque es mucho más angustiante que graciosa. Seguramente se deba a que el protagonista es Diego Peretti, que probó ser un efectivo comediante en varias películas y programas de televisión, pero acá -en un muy buen trabajo- compone a un tipo vencido, desahuciado económicamente, que tiene horror al descenso social y hace lo que puede para seguir perteneciendo a la clase media porteña, aunque eso signifique irse a vivir a una casucha prestada en el Tigre y viajar todos los días a Capital para trabajar doce horas mostrando el prototipo de un departamento a construirse.

Fernando Molnar, que hasta ahora había dirigido documentales como Rerum Novarum o Mundo Alas, se alió a Lucía Puenzo (Wakolda) y el marido de ella, el escritor y guionista Sergio Bizzio, para escribir el guión de su primer largometraje de ficción. Y consiguió un debut prometedor con una historia mínima y un tema clásico: la alienación del hombre moderno. El planteo que subyace a Showroom es que, en un mundo en el que para ser hay que poseer, la necesidad de trabajar va más allá de la urgencia de conseguir el sustento y cubrir las necesidades básicas; es, tanto para el protagonista como para mucha gente, la manera de mantenerse dentro de los estratos sociales que se suponen aceptables y no caer en la tan temida marginalidad.

Como contracara de esta asfixiante realidad, localizada en la agobiante ciudad, aparece una salida romántica: la naturaleza. La película intenta matizar su oscuridad contraponiendo el verde a los edificios (literalmente: la cámara viaja sin escalas, una y otra vez, del exuberante Delta al gris porteño). Lejos del cemento, parece decirnos Molnar, es posible volver a una dimensión humana de los días, a la vida en comunidad, a disfrutar momentos que la enajenación cotidiana impide percibir. Una idea que inquietó a la humanidad a través de la historia, desde los románticos hasta los hippies, y que a esta altura del partido parece un poco ingenua y perimida. O tal vez no: el debate, al parecer, sigue abierto.

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