Shirley

Crítica de Diego Lerer - Micropsia

La película de la directora de «Madeline’s Madeline», un peculiar retrato de la escritora Shirley Jackson, es fascinante e irritante en partes iguales. Con Elisabeth Moss, Michael Stuhlbarg, Odessa Young y Logan Lerman.

El estilo como realizadora de Josephine Decker (MADELINE’S MADELINE) no es para cualquiera. La directora, artista performática y actriz tiene una particular manera de acercarse al cine que puede resultar tan fascinante como fastidiosa y hasta irritante. Tiene un ingenio visual y una falta de respeto por los códigos más convencionales del lenguaje que son provocativos y muchas veces originales, pero a la vez es una forma de pensar la puesta en escena que llama mucho la atención sobre sí misma. Suele ser difícil, viendo cualquiera de sus películas, centrarse en lo que pasa cuando la cámara está tan ocupada haciendo lo suyo.

Esto se nota un poco menos en SHIRLEY que en su film anterior, que a mí me resultó insoportable. ¿Por qué? Tengo la impresión de que hay dos o tres factores fundamentales. Por un lado, a su manera, la película es una biopic con un guión escrito por otra persona y eso quizás haya «forzado» a Decker a ceñirse a ciertos parámetros formales y narrativos que permiten que su cine sea un tanto menos amorfo. La contención le sirve, ayuda a que su estilo impresionista y ajetreado (ansioso, digamos) pise algo parecido a tierra firme de vez en cuando.

Por otro lado, el personaje de la escritora Shirley Jackson es fascinante en sí mismo y convoca a un estilo propio ligado al suspenso, al horror y al fantástico que debe de algún modo convivir con el de Decker. Es un combo potencialmente caótico pero creo que funciona por lo general bastante bien, especialmente porque las actuaciones del elenco (y en especial de Elisabeth Moss) llevan al espectador a tomar a veces distancia de la pirotecnia formal –que deja a Decker muchas veces al borde del territorio del videoclip, la publicidad o el video-arte– para concentrarse en el drama personal y familiar que sucede.

SHIRLEY, de hecho, no es una biografía de la autora de «The Haunting of Hill House» sino que rescata una etapa en la vida de la escritora a través del tiempo que pasó con Rose (Odessa Young), una joven cuyo marido (Logan Lerman) empezó a trabajar con el esposo de Jackson (Michael Stuhlbarg) en una universidad –viviendo además en la misma, bella casona de Vermont–, generando entre ambas una convivencia que empezó siendo (muy) forzada para terminar siendo otra cosa completamente distinta.

Es la historia del viaje de descubrimiento de Rose mezclado con una etapa de crisis creativa y psicológica en la vida de Jackson que no solo estaba sin poder escribir sino que se había vuelto agorafóbica y no salía de la casona en cuestión. En paralelo –jugando en los límites entre la realidad y la ficción– la película de Decker narra el proceso de investigación y escritura que serían las bases de la siguiente novela de la autora, «Hangsaman».

La historia transcurre a finales de los ’40 y principios de los ’50 y detalla las experiencias de Rose, mujer bastante libre y desprejuiciada que es casi forzada a funcionar como asistente (y mucama… y cocinera) de la perturbada escritora, que no hace más que agredirla y hasta burlarse de ella. De a poco, y a partir de compartir las no del todo satisfactorias experiencias con sus maridos (de disimuladas, o no tanto, dobles vidas) empiezan a entablar una relación que pasa del entendimiento mutuo a lo físico, pero que sirve más que nada para sacar a Jackson de su letargo creativo, físico y emocional que había transformado en cínica agresión al mundo.

Decker no puede muchas veces consigo misma y filma escenas desde puntos de vista insólitos, cortando cada tres segundos, haciendo raros fuera de foco y moviendo la cámara sin tener necesidad de hacerlo, como atacada de impaciencia y de necesidad de mostrarse. Esto crea una incomodidad notoria hasta que uno se ajusta mentalmente a la forma propuesta y entiende que sirve también para sacar a este tipo de biografías de celebridades literarias del clásico formato «oscarizable» que todos conocemos. No es una película prolija y vetusta, sino todo lo contrario. Es más bien moderna y arriesgada, por momentos de un modo un tanto excesivo.

Pero el universo de la autora de «The Lottery» es perturbado y extraño, con lo cual los modos de Decker se ajustan más o menos bien al dial ácido de Jackson. Es evidente que hay momentos (varios) en los que uno tiene hasta ganas de decirle a la realizadora que deje a las escenas hablar por sí mismas sin operar tan directamente sobre ellas, pero no sería una película de Decker si no tuviera esas particularidades. Un poco como la personalidad de la escritora, es una película tan fastidiosa como fascinante, tan original como enervante, que no da tregua casi nunca. Toda una experiencia.